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El Escondite de Natalia

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miércoles 22 de octubre de 2014, 11:14h

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Esta semana otro nuevo título de El Escondite de Natalia : Sin cadenas
Sin cadenas

Esa mañana lo decidió mientras después de una noche de insomnio y desvelo, tomaba café.

Pudo oír cómo se cerraba la puerta y respiró profundamente aliviada por fin, por la deseada soledad.

Se quitó la alianza que aprisionaba su dedo anular y lo enterró en la basura, entre restos de comida de la noche anterior.

Se fue al cuarto de baño para borrar todos los adornos que, como todos los días, llenaban su cara.

Quitándose el rojo y brillante carmín pensaba que sería la última vez que se dibujaba para inventarse a sí misma, para disfrazándose, fingir ser otra persona.

Por primera vez, se quitó las cadenas que colgaban de su largo cuello, ya nunca más, sería esclava de nada.

Abrió el armario, después la ventana, y lanzó vengativamente al vacío todos los zapatos de tacón, que durante años habían maltratado sus pequeños y delicados pies.

Fue al espejo que siempre le había hablado en secreto de su femenina y etérea belleza, y con unas tijeras, cortó su larga melena rubia, dejando en el suelo el rastro de alguien que ya no existía.

Escribió una corta pero contundente carta de adiós, que colgó en la nevera con ayuda de un imán, escaso de recuerdos de algún viaje pasado.

Deambuló desnuda por el apartamento compartido desde hacía demasiado tiempo con un desconocido compañero de cama, mientras borraba de la agenda de su móvil todos los contactos. A partir de ese momento, olvidados para siempre.

Después de vestirse con unos vaqueros desgastados y una camisa blanca y masculina, se puso corbata, pero suelta, sin nudo, no quería que nada la atara nunca más.

Salió a la calle sin paraguas, recibiendo con los brazos extendidos el agua de la intensa lluvia que la ayudó a purificar su alma inocente pero rebelde, que le ayudó a borrar todos los juicios y prejuicios que le habían inculcado desde niña.

Sin que le ligase ya ningún recuerdo a su anterior vida, dos calles más abajo, mojada y libre, abrió la puerta del bar donde cada día se tomaba las copas, que después la ayudaban a follar con él sin desearlo, a devorar un cuerpo imaginándose otro, fingiendo un placer que no había existido ni existiría nunca.

Caminó hacia la camarera que cada día la acompañaba en sus silencios y cada noche en sus sueños.

No le dijo nada, no pronunció una sola palabra. Bastó con una mirada.

Allí, rodeada de testigos indiferentes y anónimos, encaramada en la barra, se abrazó a ella, encadenándose para siempre, solamente por la pasión y el amor.

Cerrando los ojos la besó, con un primer beso sin fin, lleno de saliva y de deseo hasta ese momento contenido.

Y sin ayuda de alcohol, lubricantes para el sexo sin pasión o consoladores de un amor inexistente, se corrió tan solo con la ayuda de unos labios femeninos, tiernos y suaves como los suyos.

El Escondite de Natalia
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