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El Escondite de Natalia

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Dulce diosa del río

martes 21 de abril de 2015, 01:55h

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Dulce diosa del río

Caminaba despacio, dejándose arañar por las pequeñas piedras que dibujaban el sinuoso rio.

Apenas percibía el dolor en sus delicados pies descalzos y el poco que sentía, le gustaba.

Una túnica blanca movida por la suave brisa de la noche, se pegaba a su cuerpo, a su lento pero decidido paso.

Con un gesto femenino y sensual, dejó que resbalara hasta el suelo, para quedarse desnuda.

Reina de reinas. Diosa entre todas las demás diosas.

La luna soñaba despierta mientras la miraba, llenándose voluptuosamente de dicha, redondeando cada vez más sus blancas formas.

Su rojiza melena, que como una cascada cubría su espalda, engañaba a los mortales que si miraban, la veían hermosa pero inocente.

Sin embargo, ardía en su propio fuego cuando pensaba en él.

Cerró los ojos intentando borrar su recuerdo, y se adentró en el dulce agua, buscando refugio y consuelo.

Estaba fría, pero no le importó. Volvió a sentir ese dolor que le aliviaba el alma.

Miles de peces de colores imposibles, la acariciaron.

Se tumbó boca arriba extendiendo los brazos para jugar con ellos.

Su piel mojada brillaba compitiendo con las estrellas que esa noche invadían el cielo.

Dejó que el agua besara sus pechos como antes lo hacía él, con su lengua suave y mojada.

Gimió entreabriendo la boca y separó las piernas.

Echó la cabeza hacia atrás, cantando en bajito una muda letanía para llamarlo.

Pero Changó era sordo a sus súplicas.

Sin embargo, una voraz serpiente del río despertó con su canto de sirena, y logrando una postura imposible, sujetó sus rodillas para tocar con la lengua, lo más profundo de su cuerpo.

Soltó el veneno del amor prohibido en su interior, mientras ella pedía más.

Formando círculos jugó con ella, y mientras con su viperina lengua la besaba la poseyó con la cola, que, inmensa, invadió todo su sexo, llevándola a un cielo que hasta entonces no sabía que existía.

Aún así, desde ese cielo, siguió llamándolo.

Mientras se iba una y otra vez, gritaba su nombre.

Pero él, ajeno a sus lamentos, acariciaba otra piel más joven, que no quemaba.

Susurraba a un oído precioso que oía pero no escuchaba.

Besaba otros labios que hablaban sin decir nada.

Se creía feliz, queriendo a otra.

Muy atrás quedaban las peleas, los enfados, los reproches.

Los platos rotos estaban escondidos y enterrados por fin.

Con el final feliz, llegó su hastío.

Se descubrió el engaño.

Su recuerdo era eterno.

Su maldición infinita.

Mientras se iba, lloraba. Mientras gemía, se lamentaba.

Llanto y risa se mezclaban en el inmenso cielo, ahora cubierto.

Estruendos de tormenta hacían coros, acompañando su nostalgia por ella.

La tierra tembló con su furia.

Las aguas de todos los mares dibujaron amenazantes olas negras.

Con la mano manchada de blanco engañoso, se limpió lágrimas oscuras y llenas de melancolía.

Una vez más deseó su boca.

Una vez más, besó unos labios que no eran suyos por despecho, por olvido, por rencor.

La llamó, esta vez sin respuesta: Oshum, Oshum, Oshum...

Se dió media vuelta para poder pensar en ella, que libre por fin, convertida en sirena, se amaba sola, en el dulce agua.
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