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Con la mujer y el mar hay que saber navegar (Cartas con mucho amor y humor entre un marinero en alta mar y su novia camarera en un bar de carretera)
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Con la mujer y el mar hay que saber navegar (Cartas con mucho amor y humor entre un marinero en alta mar y su novia camarera en un bar de carretera)

Por Natalia Sanchidrián y Juan Díaz Zárate
domingo 21 de marzo de 2021, 21:01h

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Blas Garcia Peláez marchó con la flota de Pescanova rumbo a mares lejanos dejando atrás a su novia Hortensia Sanpatrás, camarera de un bar de carretera sito en Illescas.

Su relación epistolar narra las vicisitudes de ambos intentando capear las inclemencias y tempestades del día a día.

Su amor sobrevive al fuerte oleaje de la distancia y del paso del tiempo, demostrando una vez más la fuerza y la magia de la palabra que, a pesar de lo que digan las malas lenguas, vale sin duda mucho más que mil imágenes.

Capítulo 3.- Con la mujer y el mar hay que saber navegar

Groenlandia, 30 de septiembre de un año incierto.

Distanciada y distante Hortensia, casi tanto como una orquídea exótica y lejana encerrada en un jarrón de cristal a modo de taberna:

Siento nostalgia, abatimiento y desazón de que mi florecilla del campo toledano no se encuentre a mi lado entre los océanos revueltos de mi frustración, intentando aliviarme del oleaje de mi salado amor.

Se apoderan los celos de mi, imaginando el contoneo de tu rotundidad de hembra sorteando las mesas con dificultad, para servir esa comida grasienta y saboría que dais en el bar de carretera, testigo de tus cotidianas desdichas y de tus lujuriosas y caprichosas apetencias.

No me digas, flor de mis días deshojados y de mis noches deshojándola, que de vez en cuando no me imaginas como un macho cabrío cabreado por tus pensamientos libidinosos y en ocasiones lascivos que te nublan la vista y te hacen sucumbir con desmayo en los brazos de ese camionero anónimo, bigotudo, fornido y tatuado hasta las sienes que te piropea vulgarmente para sacarte de tus templadas casillas. Siempre has sido facilona y fresca, como las flores campestres que se arrancan con solo dos dedos y después se soplan para que el viento lleve sus pétalos a otro océano.

Confío y rezo para que te fortalezcas en ese páramo manchego y no caigas en la tentación endiablada, atraída por esos cantos de sirena que te prometen una felicidad de “blandiblú” entre las cuatro paredes de un aseo para mujeres en cuyas puertas se pintan mensajes apretujados de sexo guarro.

Te ataría con grilletes a un mástil imaginario para que me esperes y no caigas en las redes pesqueras de los encantos de cualquier fortachón embaucador, lisonjero, pero en el fondo lastimero que te promete las vacaciones que yo no te puedo dar en Torrevieja, en uno de esos hoteles para nórdicos empeñados en tostarse como langostinos a la plancha y que lo que acaban es escaldados y ahogados en sangría de vino malo.

No desistas, criatura de mis desvelos en alta mar, pronto llegaré para rescatarte y viajaremos a las Aleutianas, donde veremos morsas (se que de las focas estás hasta el moño) aparearse con tal vitalidad que querrás emular sus gritos desgarradores.

Me reclama el capitán Barlovento, que me ha cogido tirria y resentimiento, mi muy manchega y exultante flor.

Pero donde hay capitán, no manda marinero.

Siempre tuyo, galán de tus galanes,

Blas, sin más.

Illescas, 12 de octubre con la misma incertidumbre.

Querido Blas, que rima con Simbad...el marinero que surcaba y atravesaba mares lejanos en otros cuentos a merced de las tormentas temperamentales de otro escritor:

Mira que eres rencoroso, con lo de los grilletes me quieres recordar el día que te encerré en el calabozo por malos tratos psicológicos. Pero tú bien sabes que fue por venganza y celos fundados, grumete mío de mares desconocidos, cuando te vi restregarte con mi hermana la peluquera en la despensa de casa de mi madre, rodeados de botes de sardinas caducados. Estoy de peces hasta el gorro, ya no puedo más, ni siquiera pongo a la ensalada atún en lata, me conformo con un huevo duro y un pepino maduro, que tanto me recuerda a ti, lobo marino mío.

Por amor a ti, soy capaz de eso y de mucho más.

Desde ese día te quiero con más ímpetu y ardor, y por ti he retirado el saludo a mi hermana aunque por sus venas corra mi misma sangre, mucho más espesa que cualquier agua, hasta la de los mares que rodean Groenlandia.

En el entierro de mi tía Sagrario ni la mire de soslayo. Hice un amago, pero me subió una náusea hasta la garganta.

Estaba fea y gorda por lo que pude ver de refilón, aunque te empeñes en decir que está más buena que el pan, todo es debido a tu querencia innata a las focas con bigotes, a las que ahora hay que sumar a las morsas, para más inri “pitinri”.

El camionero después del encierro forzado no ha vuelto por el bar. No es de extrañar y eso que me prometió volver para ver mis pechos moverse cuando camino por el bar entre las mesas que me traen a mal traer porque están demasiado juntas y me raspan los muslos con sus esquinas afiladas.

Así voy a acabar yo, en una esquina pasando frío y calamidad como no vuelvas pronto y me ayudes con la hipoteca y con los gastos de la residencia de mi pobre abuela.

Volverá el camionero fortachón y rebelde, no me cabe duda, porque tiran más dos tetas que dos carretas, lo dice mi madre siempre sabia y sagaz.

Mi jefe me vigila de cerca y no me deja ni respirar desde ese día.

No se cada cuánto llevan las gambas a la capital.

No es que me importe. Solo me importas tú, desvelo de mis noches tanto de verano como de invierno.

Las noches son frías sin ti, una se convierte en mil y una, los días son interminables con tu ausencia, aunque me alivie algún que otro camionero.

Nunca se me ha dado bien contar. Por eso el jefe no me deja cuadrar la caja, cuando lo hago siempre o falta o sobra tela marinera.

Se que es porque pienso en tus brazos tatuados y en tu torso desnudo y lampiño y me enajeno.

Me dicen tanto él como mi madre que aterrice como pueda en la dura realidad para salir adelante sin ti, que no confían, que me estas engañando y tienes una novia en cada puerto, que eso es muy, pero que muy, de marinero.

Pero yo sigo con la esperanza de volver a verte y no te hago entre los pechazos de otra sirena que sirve tras la barra de un bar de cualquier puerto, grumetón mío.

Sin nada más que añadir,

Tu Hortensia ardiente y hoy, no se por qué, melancólica y poética.

P.D. me duermo pensando en que me mecen las olas embravecidas de tu fogosidad animal.

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