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Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : Relativismo práctico

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : Relativismo práctico

martes 23 de febrero de 2021, 19:04h

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La Palabra de Dios, durante el tiempo cuaresmal, nos invita a ponernos humildemente ante el Señor para reconocer nuestras limitaciones y para pedir perdón por nuestros pecados. En nuestros días, todos corremos el riesgo de justificar nuestros comportamientos errados y de poner límites a la acción de Dios, pretendiendo actuar como si no existiese, cerrándonos a la verdad de su Palabra e impidiendo así que su amor se derrame sobre nuestras dolencias hasta llegar a amar con su mismo amor.

El papa Francisco, al poner al descubierto las tentaciones que pueden afectar a los cristianos en nuestros días, entre otras señala el peligro y la gravedad del “relativismo práctico”. Este consiste “en actuar como si Dios no existiera, decidir como si los pobres no existieran, soñar como si los demás no existieran, trabajar como si quienes no recibieron el anuncio no existieran” (EG 80).

Quienes sucumben ante la tentación del “relativismo práctico”, olvidan que todo ser humano tiene necesidad de abrir la mente y el corazón a los hermanos, especialmente a los pobres, para no cerrarse sobre sí mismo y para crecer como persona. Es más, quienes se olvidan de Dios, llegan a fundamentar sus convicciones religiosas en los propios deseos y el anuncio del Evangelio en los esfuerzos y cualidades personales. Para no engañarnos, es preciso que sigamos la recomendación de Santa Teresa de Jesús a sus monjas: “Coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante. Cuando Él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande, aunque sea so pretexto de celo, Jesús nos deja solas”.

Si olvidamos nuestra condición de hijos de Dios y prestamos culto a las propias capacidades, nos engañamos a nosotros mismos y caemos en la autocomplacencia egocéntrica que margina el amor verdadero. Es más, cuando no permitimos que el amor de Dios sea el motor de nuestra existencia y de nuestras acciones, podemos llegar a tener comportamientos destructivos en las relaciones con nuestros semejantes, con las restantes criaturas y con la naturaleza, al considerar que podemos usar de ellas según nuestros gustos, deseos o intereses.

Para no sucumbir a la tentación, hemos de revisar frecuentemente nuestros pensamientos y sentimientos, pues el pecado que siempre anida en el corazón humano, lleva consigo la explotación de los hermanos, de la creación y del medio ambiente según la codicia insaciable de cada persona. Quienes se dejan arrastrar por la codicia, con el paso del tiempo llegan a considerar los deseos como derechos y pondrán todos los medios a su alcance para destruir a las personas que no se someten a su poder.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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