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Los versos sueltos de Natalia : Caricia del cielo, lóbrego infierno

Los versos sueltos de Natalia : Caricia del cielo, lóbrego infierno

miércoles 21 de octubre de 2020, 06:45h

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Caricia del cielo, lóbrego infierno

Se mueven las hojas de los árboles empujadas por el viento que se quiere hacer notar soplando desde algún lugar recóndito del firmamento que en ese momento está libre de nubes y de estrellas.

Mira absorta su baile frenético mientras saborea lentamente el vino tinto que como un bálsamo adormece sus pensamientos y convierte los bruscos movimientos del viento en un suave ballet, en una caricia sutil del cielo sobre su cuerpo.

Un gato negro pasea por el jardín y se detiene a sus pies interrumpiendo su ensoñación cuando fija en ella sus ojos dorados partidos en dos por una franja negra y alargada que atraviesa verticalmente sus inquietantes pupilas.

Un escalofrío recorre todo su cuerpo, erizándole la piel, y un mal presagio hiela su corazón a pesar del calor implacable de ese anochecer que, por ser de verano, tarda demasiado en llegar.

Lo ve acercarse con pasos pausados, casi felinos, amenazantes.

El gato huye.

Su pelo azabache oscurece el cielo que, seguramente por su culpa, anochece de golpe.

El sol se da por vencido.

Sus ojos negros y opacos eclipsan la luna y convierten al cielo en un lóbrego infierno .

Su aura gris y atormentada se confunde con el temporal que amenaza la noche que podría ser apacible pero no lo es, a pesar de que es el primer día de un verano que se antoja, como todos, engañosamente feliz.

Mientras camina hacia ella, de su sonrisa salen palabras de amor mentiroso.

Se deja engañar, aparentemente, por esa necesidad, tan femenina, de cariño.

Su sombra es alargada e inexplicablemente se separa de él. Como si tuviese vida propia, se burla de ella mientras él dice amarla con un énfasis innecesario, propio de la locura.

No sabe a quien creer, a él o a su sombra, quizás más sincera, o quizás aún más mentirosa.

Pestañea con fuerza para borrar esa imagen y se aleja, caminando hacia atrás como un cangrejo temeroso de avanzar hacia delante, con pavor de enfrentarse a los avatares inesperados de la vida.

Su sombra se queda inmóvil cuando extiende los brazos simulando un abrazo que no es sincero. Murciélagos revolotean a su alrededor atraídos inexorablemente por su maldad. Se enredan en su pelo mientras él la abraza.

Sus pequeñas garras le arañan la cara queriendo seguramente acariciarla, pero no saben.

Da un paso más hacia atrás alejándose de él, pero tropieza cuando se paralizan sus piernas por el miedo atroz que siente de pronto.

El la sujeta y la besa. Pero el beso no es tal, sino una dentellada inhumana y mortal en la piel joven e inocente de su cuello que debido al pánico está henchido, repleto de sangre que bombea desbocadamente ahogando el oxígeno que se rinde antes de llegar desde la garganta a sus pulmones cada vez
más huecos.

No deja que se derrame ni una gota de su vida virgen y desbordante; la devora toda con el ansia propia de un vampiro.

Propia de él.

Ella se rinde porque su alma inocente aún cree en el amor incondicional, ese que regala por doquier sin recibir nada.

Muere vaciándose poco a poco mientras sigue observando y envidiando el danzar de las hojas que, ajenas a cualquier maldad, se mueven libres, felices, despreocupadas, dejándose llevar por el viento que quizás las arrastre, sin que les importe, hasta el eterno y lóbrego infierno.




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