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José María Alonso «Tote», dos orejas y rabo
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José María Alonso «Tote», dos orejas y rabo

Orea convirtió su festival taurino en una celebración del pueblo y de sus aficionados. Javier Pinilla y Pedro Montaldo cortaron dos orejas y Carlos Pérez paseó dos orejas y rabo, pero José María Alonso «Tote» firmó una faena de temple, relajo, hondura y extraordinaria conexión con sus paisanos. Dos orejas y rabo para una tarde de esas que difícilmente se olvidan.

sábado 12 de septiembre de 2026, 10:30h

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José María Alonso «Tote», dos orejas y rabo
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Hay tardes de toros que se cuentan sumando trofeos. Dos orejas por aquí, un rabo por allá, puerta grande y vuelta al ruedo. Y hay otras en las que las estadísticas se quedan pequeñas porque detrás de cada trofeo existe algo mucho más difícil de medir: la emoción de un pueblo viendo a los suyos delante de un toro.

Eso fue lo que ocurrió el sábado 5 de septiembre en la plaza de toros de Orea.

El festival taurino sin picadores había nacido con vocación de homenaje. Después de la celebración del Día de los Toros en 2025, los toreros de la localidad se propusieron lidiar este año los novillos como reconocimiento a una afición que representa y mantiene viva la tradición taurina de Orea.

Lo que en principio podía parecer una osadía terminó convirtiéndose en una fiesta.

El cartel de «no hay billetes» fue el primer aviso.

Después llegó todo lo demás.

En el ruedo se lidiaron cuatro novillos de Alicia Chico, bien presentados. El primero fue el más exigente, mientras que los restantes mostraron nobleza y bravura, dentro de las características del encaste Santa Coloma vía Arranz. Los ejemplares fueron premiados con la vuelta al ruedo. A ellos se sumó un quinto novillo, también bravo, destinado a los recortadores locales Carlos Argilés, Pedro Martins y Noé Casado.

Pero aquello era bastante más que un festival taurino.

Los protagonistas eran del pueblo. Algunos continúan viviendo allí; otros tuvieron que marcharse, pero todos conservan Orea como lugar de pertenencia. Habían preparado con seriedad durante la temporada un compromiso que, precisamente por celebrarse en casa, tenía mucho de responsabilidad y todavía más de emoción.

Porque actuar delante de desconocidos puede imponer.

Hacerlo delante de quienes te conocen desde siempre es otra cosa.

Familiares, amigos, vecinos y aficionados llenaban los tendidos. Hubo alegría, ovaciones y una emoción que en algunos momentos terminó empañando los ojos de quienes contemplaban desde la grada a sus paisanos vestidos de toreros.

Pinilla: quince años después, el oficio permanece

A Javier Pinilla le correspondió abrir plaza con el novillo más complicado del festejo. Llevaba quince años retirado de la profesión, pero hay conocimientos que parecen quedarse almacenados en algún lugar del cuerpo esperando el momento de volver a ser necesarios.

Recibió al animal con airosas verónicas. El novillo, sin embargo, pronto dejó claras sus dificultades: escaso recorrido y poca humillación.

Cuando Pinilla brindó a su familia, la plaza respondió con una enorme ovación. Era difícil saber cuánto se aplaudía al torero y cuánto al hombre que, después de tantos años, volvía a ponerse delante de un animal en la plaza de su pueblo.

Con la muleta tuvo que tirar de técnica.

Colocación, sitio y oficio consiguieron mejorar las prestaciones del novillo. Hubo series por ambos pitones, aunque las condiciones del animal no permitieran alcanzar aquel relajo que había caracterizado al torero en otros tiempos.

Quince años pueden restar continuidad.

Pero no necesariamente borran el oficio.

Pinilla terminó paseando dos orejas.

Montaldo: temple, profundidad y pasión

El segundo turno correspondió a Pedro Montaldo, que encontró un novillo de mayor recorrido y nobleza, capaz de rebosarse en los engaños y llegar hasta el final.

Lo recibió con temple a la verónica y también brindó su faena a la familia. De nuevo, Orea respondió con una sonora explosión de afecto.

En el último tercio, la bravura del animal permitió a Montaldo construir una faena con hondura, profundidad y belleza. El temple presidió una labor en la que se mezclaron oficio y pasión hasta llegar a un final cargado de entrega.

Incluso entró a matar sin la muleta.

Un gesto de arrojo para cerrar una actuación en la que dejó constancia de que se encuentra activo en el escalafón de novilleros con picadores.

El resultado: dos orejas.

Carlos Pérez: elegancia, variedad y contundencia con la espada

Carlos Pérez salió en tercer lugar frente a un cárdeno que acabaría siendo uno de los mejores ejemplares del encierro, aunque acusó cierta blandura.

Ya había anunciado sus intenciones en el novillo anterior con un quite por chicuelinas. Con el suyo lanceó con gusto a la verónica y brindó la faena a su compañero y amigo Javier Pinilla.

Después se fue a los medios.

Allí inició la faena con un pase cambiado por la espalda, toda una declaración de intenciones. Pérez entendió que las condiciones del novillo exigían administrar sus fuerzas y planteó series cortas, dando al animal las pausas necesarias para prolongar su embestida.

Especialmente con la mano derecha surgieron muletazos elegantes, apoyados en el oficio y la colocación. Hubo también variedad: pase de las flores, faroles y kikirikís salpicaron una actuación en la que mostró recursos y ganas de agradar.

Y cuando llegó la hora de la espada, no hubo discusión.

Carlos Pérez fue un cañón.

La contundencia del acero terminó de encender unos tendidos que pidieron los máximos trofeos.

Dos orejas y rabo.

La tarde estaba ya muy arriba.

Pero faltaba Tote.

Tote: cuando lo difícil parece sencillo

José María Alonso, «Tote», no necesitó esperar a que saliera su novillo para anunciar que aquella tarde quería decir algo.

En el ejemplar anterior ya había dejado una tarjeta de visita con un quite por chicuelinas de compás abierto que hizo las delicias de sus paisanos.

Fue apenas un aviso.

Una manera de decir: cuando llegue mi turno, miren al ruedo.

Y llegó.

Frente a Tote apareció un novillo bravo y enclasado. Un animal que ofrecía posibilidades y que encontró delante a un torero dispuesto a aprovecharlas.

Porque un buen novillo permite torear.

Pero convertir sus embestidas en belleza sigue siendo responsabilidad de quien sostiene los engaños.

Y con el capote comenzaron a brotar de las muñecas de Tote verónicas desmayadas, templadas, acompasadas. Lances en los que la tela parecía pesar menos y el tiempo correr más despacio.

No era cuestión de acumular pases.

Era cuestión de ritmo.

De encontrar ese instante difícil de explicar en el que animal, capote y torero parecen ponerse de acuerdo.

Tote había encontrado el compás.

Remató con garbo y cadencia antes de cambiar el capote por la muleta y entrar en el terreno donde su actuación terminaría adquiriendo otra dimensión.

Porque en el último tercio apareció probablemente la cualidad que mejor definió la faena de José María Alonso aquella tarde:

el relajo.

Y conviene detenerse ahí.

Torear relajado no significa torear sin tensión. Más bien todo lo contrario. Significa dominarla hasta conseguir que no se vea. Hacer desaparecer el esfuerzo. Conseguir que lo difícil parezca natural y que el público deje de pensar en la técnica para limitarse a mirar.

Tote toreó por ambos pitones.

Por la derecha y por la izquierda llegaron series profundas, administradas sin precipitación, aprovechando la bravura y la clase del novillo. Hubo continuidad, pero sobre todo hubo hondura y sabor.

La muleta acompañaba la embestida y el torero parecía entender que aquella faena no necesitaba carreras.

Ni aspavientos.

Ni urgencias.

Necesitaba tiempo.

Y Tote se lo dio.

Dejó respirar al novillo y dejó respirar al público. Cada tanda tuvo su propio espacio y su propio ritmo. Sin atropellar una faena que iba creciendo poco a poco, casi naturalmente.

Porque hay faenas que buscan desesperadamente al tendido y otras en las que es el tendido quien acaba encontrando al torero.

La de Tote perteneció a las segundas.

José María Alonso tiene, además, una cualidad que resulta difícil enseñar: conecta con el público.

Y aquella tarde no estaba toreando ante cualquier público.

Estaba delante de los suyos.

De quienes conocen al torero, pero también al hombre que hay debajo de la montera.

Familiares.

Amigos.

Vecinos.

Aficionados que probablemente llevaban semanas esperando aquel momento.

Eso añade una presión que no figura en ninguna estadística taurina. Torear en casa proporciona un cariño extraordinario, pero también hace que cada silencio pese el doble y que cada error parezca mucho más grande.

Tote consiguió que hubiera pocos silencios.

A medida que avanzaba la faena, Orea fue entrando definitivamente en ella. Cada serie elevaba la temperatura de una plaza que llevaba toda la tarde acumulando emociones.

El novillo repetía.

Tote encontraba sitio.

Y el toreo comenzaba a fluir.

Hubo momentos en los que todo pareció reducirse a lo esencial: un hombre, una muleta y un animal embistiendo.

Nada más.

Y nada menos.

Toreando.

Quizá ahí estuvo la verdadera dimensión de su actuación.

La faena no necesitó inventarse nada. Creció desde el temple, el relajo y la capacidad de administrar las embestidas. Fue tomando cuerpo hasta alcanzar esa hondura que aparece cuando el toreo deja de parecer una sucesión de pases y empieza a adquirir sentido como conjunto.

Y entonces llegó la espada.

Tote se perfiló.

Entró a matar.

Y dejó una gran estocada en el hoyo de las agujas.

Se acabó cualquier contención.

La plaza explotó.

Todo lo acumulado durante la faena salió de golpe desde los tendidos.

Ya no había demasiada distancia entre el ruedo y la grada. Allí estaban un torero, sus paisanos y una tarde que había comenzado como homenaje y terminaba convertida en celebración.

La petición fue rotunda.

Dos orejas y rabo para José María Alonso «Tote».

Los máximos trofeos certificaron el triunfo.

Pero explicaron solamente una parte.

Porque Tote había conseguido algo bastante más difícil que cortar dos orejas y un rabo: durante unos minutos hizo que el toreo pareciera sencillo.

Y casi nunca lo es.

La puerta grande de casa

Al finalizar el festejo, los actuantes recibieron un trofeo como recuerdo de una jornada difícilmente repetible.

Después llegó la última imagen.

Los toreros y el mayoral, Tomás González, salieron a hombros por la puerta grande.

Las cifras dejarán escrito que Javier Pinilla cortó dos orejas; Pedro Montaldo, otras dos; Carlos Pérez, dos orejas y rabo; y José María Alonso «Tote», dos orejas y rabo.

Pero seguramente quienes llenaron la plaza recordarán otras cosas.

Recordarán a Pinilla volviendo a ponerse delante de un novillo quince años después.

A Montaldo toreando con temple y profundidad.

La variedad y elegancia de Carlos Pérez.

El valor de los recortadores.

La despedida de Carlos Argilés.

Y recordarán a Tote.

Las chicuelinas de compás abierto que anunciaron lo que vendría después.

Las verónicas desmayadas.

La cadencia.

El relajo.

Las series por ambos pitones.

La hondura.

El sabor.

La estocada.

Y una plaza entera estallando de alegría.

Porque aquella puerta grande tenía algo que ninguna otra plaza podía ofrecerles.

No era Madrid.

No era Sevilla.

No era Pamplona.

Era la puerta grande de casa.

Y para José María Alonso «Tote», aquel sábado 5 de septiembre en Orea, se abrió de par en par.

Dos orejas y rabo.

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