Averroes : Cuando la Teocracia lapidó a la Razón
En 2026 se cumplen 900 años del nacimiento de Averroes, a quien dediqué un libro en 2007, investigación impulsada por el tópico de que es un puente entre culturas. Me aferré a esta idea, hasta que me caí del guindo, al descubrir que de sus tres grandes facetas, como jurista, médico, y filósofo, de esta última se pasa de puntillas en el mundo islámico.
jueves 14 de mayo de 2026, 13:11h
Averroes desarrolló su actividad en el Imperio Almohade, asentado en media España y en todo el Magreb. En esa idea de puente y hermanamiento entre lo hispano y lo magrebí, pedí, a través de un canal potente de la parte magrebí, el prólogo a un personaje de la máxima relevancia política, que ni se molestó en contestar. Al principio lo atribuí a la soberbia, endémica en la casta política de casi todas las latitudes, pero al poco caí en la cuenta de que al ser la filosófica, la más importante de las facetas de Averroes, mientras una parte intenta tender puentes, la otra ignora deliberadamente ese aspecto, y ya se sabe, un puente requiere al menos de dos apoyos.
Averroes era médico de cámara del Sultán almohade Abú Yakub Al Muminin, un hombre cultísimo, apasionado por la Filosofía, en una época, en la que las obras de los grandes pensadores griegos, sobre todo de Aristóteles, estaban siendo traducidas al árabe. Acaso por esta causa, hubo una ventana temporal, en la que el mundo islámico se abrió a la Filosofía, de modo que a los intelectuales se les permitía una importante libertad, en términos religiosos, en cuanto a llegar a Dios por medio de la razón, mientras que la gran masa del pueblo, nada cultivada, debía hacerlo a través de la revelación, en manos de los clérigos (ulemas y alfaquíes). Es falso, pues, que en Averroes haya una teoría “de la doble verdad”, como también se le ha imputado, desde entornos cristianos. Sólo son dos vías distintas de acceso a una única verdad.
Averroes fue “el Gran Comentador”, porque Aristóteles es duro, y él tenía orden del Sultán Al Muminin de hacerlo más comprensible, a través de síntesis y anotaciones. Dada su influencia en la Corte y al ser un reformador político, nada conforme con la tradición islámica, de un poder compartido entre clérigos y militares, que se puede observar todavía hoy en Irán, donde el poder republicano lo comparten los ayatolás, con la guardia revolucionaria, Averroes no comentó La Política de Aristóteles, que ya estaba traducida al Árabe. A mi juicio, fingió no encontrarla, porque le interesaba más comentar La República de Platón, que defendía la figura del Filósofo-Rey, que él pretendía convertir en una diarquía entre el Rey y los Filósofos, que sustituyese a la de clérigos y militares. Ello le costó “la enemiga” de ulemas y alfaquíes, que con el sultanato del hijo de Al Muminin, Abú Yakub Al Mansur -quien a diferencia de su padre era un hombre muy limitado-, consiguieron que cayera en desgracia y fuera desterrado a Lucena, donde incluso azuzaron a las turbas, que intentaron apedrear a Averroes y a su hijo, a la salida de la mezquita.
A partir de ahí, la Teocracia sabía que su poder dependía de apedrear y hasta de laminar la razón, y para ello tiene un arma muy poderosa, que se halla en uno de los cinco pilares del Islam, que son los a su vez cinco rezos diarios dirigidos por el muecín. Eso no es ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Es desayunar previo rezo, y almorzar, y comer, y merendar, y hasta después de cenar. Si algo así no es una técnica de control mental, que venga Dios y lo vea. No sé si en la definición legal de religión pueden entrar tales técnicas, pero en un sistema de libertades, no lo parece. Y si a ello le añadimos determinados preceptos, como la guerra contra el infiel -incluso si es el “infiel” que les acoge- y un paraíso lleno de huríes y ríos de leche e hidromiel, al que lleva la yihad, el resultado será el que cada día vemos. Averroes recibió el perdón del Sultán y ejerció, en sus últimos años, como Cadí en Marrakech, pero la ventana a la razón que abrieron él y los peripatéticos árabes, ya había sido lapidada. Con su muerte en 1198, se procedió a la quema de libros y desapareció todo rastro de libertad. Y así, hasta hoy.
Emilio Suñé Llinás es Catedrático de Filosofía del Derecho y Derecho Informático de la Universidad Complutense de Madrid.
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