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El Escondite de Natalia: En mil vidas más

El Escondite de Natalia: En mil vidas más

En mil vidas más

domingo 30 de agosto de 2015, 12:52h

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En mil vidas más

Empujó la puerta para dejarla pasar. El frío de esa noche de invierno teñía de rojo su cara, haciéndola todavía más bonita. Su pelo rubio y lacio la adornaba y caía sobre su abrigo negro, acariciándolo sutilmente al caminar.

Los esperaban con las copas ya empezadas, rodeados de risas desinhibidas, vestidas de alcohol.

La música, demasiado alta, escondía la banalidad de sus conversaciones.

Alagada, la diosa de la felicidad terrenal y engañosa, los bendecía a todos.

La abrazó respirando hondo para atrapar su olor a hierba nueva y mojada. Una palabra escapada golpeó su nostalgia, pero dejó que se la llevara el viento, borrándola de su mente, decidido a regalarse otra oportunidad.

Esa noche bailaron descompasados, besándose como dos locos conscientes por una cordura pasajera, que tienen los días contados.
Él bebía ginebra con limón, ella martini blanco. Uno tras otro sin parar, así, hasta casi mil.

La noche no se pudo estirar más, y se despidieron de los demás entre frívolas sonrisas y abrazos exaltados.

No les dio tiempo a llegar. Calientes a pesar del frío, follaron en el coche, aparcado en un arcén de la carretera. La tapicería empapada de lujuria desprendía olor a ceniza y deseo.

Lloró entre sus pechos cuando llegó, susurrando otro nombre. Desolado, la llamó en silencio. Pero no hacía falta, porque ya estaba...Mirando sin que la vieran. Sintiendo amor y celos. Soplando sobre su piel para regalarle el aire que ya no necesitaba. Lo quiso abrazar para consolarlo. Pero él no sentía sus brazos. Quiso decirle que estaba bien, que siempre lo esperaría. Pero no oía su voz.

Lloró por frustración con un llanto imaginado y sus lágrimas inexistentes, mojaron su alma.

Un escalofrío recorrió su cuerpo al mismo tiempo que sintió un rechazo inmenso hacia ella.

La llevó a su casa murmurando una excusa. No la acompañó al portal. Al fin y al cabo había tomado lo que no era suyo, algo que no le correspondía.

Ya en la cama, recuerdos y culpas se mezclaban impidiendo su sueño. Abrió el cajón y cogió su foto gastada por infinitos besos. No sabía si su memoria le hacía bien o mal, tampoco le importaba, porque en su desvelo, ella le hablaba.

En la soledad de la noche la podía oír. Estoy loco, pensó. Ese pensamiento alivió su pena. La locura hacía más llevadera su ausencia. Asomado al precipicio por el día, cada noche se lanzaba al vacío de su eterno recuerdo.

Su pene erecto se acordaba de su boca, y lloraba lagrimas blancas como preludio de un llanto inmenso por ella. Lo acarició para calmar su ansia y su dolor. Desató su pena y su rabia, moviendo la mano al compás de un réquiem que sonaba en su cabeza desde que ella se fue.

Imaginó su pelo cubriendo la almohada, mientras él comía su sexo, que siempre le sabía dulce como la miel, distinto a todos.

Bebía su flujo para alimentarse de ella. La pudo ver de nuevo con los brazos extendidos, cabalgando encima de él, riendo como si estuviera poseída.

Después de mil orgasmos, él paciente llegaba. Lo lamía para limpiarlo. Así conservaba su amor en la boca toda la noche, atrapado, le gustaba decir.

Recordó cuando le preguntaba, celoso hasta de las palabras que ella pronunciaba, que si lo amaría siempre.

Tocó las últimas notas de la letanía, y mientras su mano se manchaba de deseo desperdiciado, la pudo escuchar otra vez. Te amaré siempre en esta y en mil vidas más que tenga.

Lio hierba formando un pitillo, se lo llevó a la boca y aspiró muy hondo para dejar que sus pulmones se llenaran. Después de tres caladas, una paz absoluta invadió su mente y abrazó el sueño, deseando que el tiempo volara más rápido, rezando para que llegaran cuanto antes las mil vidas que junto a ella lo aguardaban.
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