El Escondite de Natalia
miércoles 22 de octubre de 2014, 11:14h
Esta semana otro nuevo título de El Escondite de Natalia : Tentación mortal
Tentación mortal
Subía despacio las escaleras que conducían al cuarto de arriba, donde convivía con la tentación, mientras bebía deprisa el martini que ella misma se había preparado.
Agitaba su rubia cabeza como para expulsar los recuerdos que se desbarataban, desordenándose por la tristeza y el alcohol.
Marcó por última vez el número de la casa donde él vivía, blanca aunque corrupta e impura, grande pero llena de secretos, sabiendo que nadie respondería.
Lanzó el teléfono contra el suelo para ensañándose con él, liberarse de su pena.
Enajenada por la rabia y el rencor, se arañó la piel con sus propias uñas, dejando a su paso un rastro de sangre en la blanca y suave moqueta.
Se desnudó quitándose poco a poco el ajustado vestido bordado con miles de cristales plateados, que jugaban burlones con la tenue luz de su dormitorio, mientras caminaba hacia la bañera, queriendo limpiar de su mente y de su piel, los restos de desamor y desengaño que él la había dejado.
Se lamió la herida pasando la lengua lentamente, succionando con sus carnosos y rojos labios, y después frotó y frotó su hermoso cuerpo con la pastilla de jabón de rosas que siempre llenaba de placer a sus sentidos.
Ese triste día ni siquiera eso le produjo consuelo.
El agua caliente jugaba con sus curvas imposibles, mientras recorría su piel mezclándose con una lluvia dorada y tibia que resbalaba por sus piernas antes de llegar al sumidero, y perderse para siempre.
Deseó hacerse pequeña para poder desaparecer por ahí también.
Recordó como le gustaba mirarla mientras hacia pis sentada en el water a horcajadas, y después la limpiaba con la lengua, volviéndola loca de deseo y de ganas, y llevándola hasta un orgasmo continuo, que parecía que no tendría nunca fin.
Puso el tapón en la bañera, y se tumbó mientras se llenaba.
Recostó la cabeza apoyándola sobre la dura piedra, y comenzó a acariciarse sola, recordando cómo él la amaba por lugares que nadie antes la había ni siquiera tocado.
Cogió la ducha y se pasó el chorro de agua que ya casi quemaba por el clítoris, de la forma que a él le gustaba, hasta que una corriente recorrió todo su cuerpo, y gimió suavemente pronunciando su nombre.
Hundió su rubia cabeza en el agua para que sus lágrimas se perdieran, y así acabar con el dolor de su inevitable perdida.
Dió un último sorbo a su martini, y dejó que la embriaguez llevara sus pensamientos a un lugar donde se abandonaban los recuerdos, y se borraba la pena.
Salió de la bañera y sin secarse, se sirvió otra copa; brindó por él y vestida solamente con unas gotas de su perfume favorito, cantó frente al espejo la canción que le había dedicado esa misma noche, sabiendo que iba a ser la última.
Marilín bailó y cantó sola una triste y solitaria canción de cumpleaños feliz, maldiciéndole a él y a los suyos.
Abrió el cajón de la mesilla donde convivían todos los juguetes de amor que había usado tantas veces con él, con las pastillas que la ayudarían a olvidar para siempre.
Se las tomó una a una dedicándole cada trago, pronunciando un conjuro para entregar su alma de niña al diablo, que posesivamente la acogió en sus brazos para llevarla al infierno de la soledad, a cambio del fuego consolador de una venganza eterna.
El Escondite de Natalia