OPINIÓN

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : Alegres en el Señor

Miércoles 12 de febrero de 2020
El mundo de hoy, con sus avances tecnológicos y con sus descubrimientos científicos, ofrece al hombre mil posibilidades para el placer, pero encuentra muchas dificultades para ofrecerle la verdadera alegría. Ofrece consumismo y placeres superfluos, pero estos no producen alegría, sino la tristeza que brota de un corazón avaro.

Este alejamiento del amor de Dios está provocando en el corazón de muchos hermanos vacío, desesperanza y profunda tristeza. Los rostros tensos, desencajados y tristes de tantas personas, con las que nos cruzamos cada día por las calles de nuestros pueblos y ciudades, son buena muestra de este desánimo y falta de sentido.

Esta tristeza, que afecta a los comportamientos individuales de muchas personas, puede afectarnos también a quienes experimentamos la urgencia de la evangelización. Por ello, hemos de examinar nuestro modo de actuar en la evangelización pues el anuncio del Evangelio, al que todos tienen derecho, no puede llevarse a cabo con “cara de funeral”.

El mundo de hoy –ya decía el papa Pablo VI– necesita evangelizadores alegres, con la alegría de Cristo en el corazón y en el rostro. La experiencia de saber que Dios nos ama y nos ofrece su salvación tiene que despertar en nosotros la certeza de que el presente y el futuro están en buenas manos, están en las manos de Dios.

Los evangelizadores, cuando nos dejamos conducir e iluminar por la acción del Espíritu Santo, podemos descubrir que Dios hace fructificar la siembra mientras nosotros dormimos. Esto nos permite conservar en todo momento la alegría en lo más profundo del corazón, aunque nos parezca que no estamos
cosechando el fruto deseado.

Si nos tomásemos en serio que “la nueva evangelización” es el gran desafío para la Iglesia y para cada uno de los bautizados, estaríamos siempre dispuestos a dar los pasos necesarios para pasar de una pastoral de mera conservación o mantenimiento a una pastoral verdaderamente misionera pues, como nos recuerda el papa Francisco, la salida misionera es el “paradigma de toda obra de la Iglesia” (EG 15).

El corazón del misionero, ante las dificultades de la misión y ante la falta de respuesta por parte de los hermanos, no se desanima ni se cierra sobre sí mismo. El verdadero misionero asume los límites personales, el desprecio de los demás y se hace débil con los débiles, todo para todos, para salvar a alguno (I Cor, 9, 22).

El discípulo misionero nunca se aferra a sus seguridades, pues sabe que él mismo ha de crecer en la fidelidad al Evangelio y en la respuesta a las mociones del Espíritu. Esto le lleva a buscar el bien posible y a no angustiarse ante la falta de resultados. El misionero vive con la conciencia de que actúa en nombre de Otro y, por tanto, no busca el propio interés, sino el cumplimiento de la voluntad de quien le envía.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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