OPINIÓN

Carta semanal del obispo: “Sed de Dios”

Martes 29 de noviembre de 2016
La Sagrada Escritura nos recuerda en distintos momentos que el ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, experimenta durante su peregrinación por este mundo sed de plenitud, de felicidad y de salvación. El salmista, buen conocedor de la condición humana, reconoce que esta sed sólo Dios puede calmarla: “Como la cierva busca corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo” (Sal 42, 2-3).

Dios quiso que el ser humano tuviese sed de Él no para humillarlo ni para castigarlo, sino para recordarle que es criatura suya, y las criaturas, por su misma condición, tienen necesidad de que Dios venga en su ayuda. Esta sed es un gran regalo que Dios nos hace para que recordemos que no somos autosuficientes y para que permanezcamos abiertos en todo momento a Aquel que puede calmarla y saciarla en verdad. Sólo en Cristo, el enviado del Padre, de quien brota constantemente el agua viva, podremos saciar la sed de sentido y de eternidad.

A lo largo de la historia, muchas personas han pretendido saciar esta sed al margen de Dios, huyendo de Él. La contemplación de la realidad nos permite descubrir que la historia se repite. En nuestros días, bastantes hermanos, relegando a Dios a un segundo plano, pretenden saciar su sed de felicidad y de infinito acudiendo a otras fuentes, como pueden ser el poder, el dinero o el bienestar material. Quienes se dejan dominar y esclavizar por estos nuevos dioses, creados por la cultura actual y por el olvido del Dios verdadero, aunque tengan muchas riquezas, con el paso de los días experimentan la tristeza, el vacío y la falta de horizonte ante el futuro.

La gran tentación del hombre de todos los tiempos es la autosuficiencia, la pretensión de conseguir mediante sus esfuerzos personales una plenitud de vida que sólo puede lograr por medio de la apertura a Dios y a los hermanos. El ser humano, al cerrarse al don de Dios y al no aceptar el regalo de los hermanos, cae en el pecado de la autosuficiencia que le conduce a pretender ser él mismo su propio dios para convertirse de este modo en el dueño de la vida y para aprovecharse de todo lo que ésta le puede ofrecer.

Como, por otra parte, esta sed de infinito y de eternidad el ser humano no puede saciarla de una vez para siempre, necesita acudir a Dios y vivir en su amistad en cada instante de la vida. Por eso, el Señor ha prometido estar con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Aunque no percibamos con los ojos de la cara la presencia de Dios, que sale a nuestro encuentro para saciar la sed de todos sus hijos, sabemos, no obstante, por la fe que Él, cumpliendo sus promesas, nos acompaña siempre y camina a nuestro lado para ofrecernos la posibilidad de beber de la única fuente que puede saciar nuestra sed.

En ocasiones, llevados por nuestros buenos sentimientos, pretendemos saciar la sed y las necesidades de nuestros semejantes con nuestras obras, esfuerzos y proyectos, olvidando que, para poder remediar las carencias de los demás, antes necesitamos conocer la fuente que puede saciar nuestra propia sed. Nadie puede ocuparse de saciar la sed de los demás, si previamente no ha experimentado que sólo Dios tiene el poder de saciar la sed de todas sus criaturas. Por eso, la pretensión de poner orden en el mundo o el deseo de llevar la felicidad a los hermanos por nosotros mismos, sin contar con Dios, es una ilusión y un engaño.

Durante el tiempo de Adviento, tenemos la oportunidad de descubrir y asumir que el hombre no vive sólo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Este tiempo litúrgico es una buena ocasión para descubrir que Dios, compadecido de nuestra soledad, pobreza e incapacidad para encontrar salvación y plenitud de sentido por nosotros mismos, nos envía a Jesucristo como camino a recorrer, como verdad a descubrir y como alimento de vida eterna. Sólo en Él y con Él podremos saciar la sed que experimentamos en cada instante de la vida.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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