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«Los huérfanos»: Carmen Mola desata el infierno en Marbella

Lord Charles | Sábado 19 de septiembre de 2026

Venía de leer la trilogía de El Cuarto Mono, las tres novelas de misterio y suspense del escritor estadounidense J. D. Barker. Cerca de 1.800 páginas de esas que se leen en un pispás, con un ritmo trepidante que te atrapa desde el principio y consigue mantenerte en vilo hasta la última página. No parecía, por tanto, el mejor momento para cambiar de libro: después de una lectura así, cualquier novela corre el peligro de parecer lenta. Pero entonces cayó en mis manos Los huérfanos, lo último de Carmen Mola. Y el ritmo no bajó.

Quienes ya conocemos la pluma de Carmen Mola —el pseudónimo tras el que escriben Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero— sabemos que sus novelas no suelen conceder demasiados descansos al lector. Lo demostraron sobradamente con la serie protagonizada por Elena Blanco, desde La novia gitana hasta El Clan, y vuelven a hacerlo ahora con una historia distinta, nuevos personajes y un escenario que parece construido expresamente para ellos: Marbella.

Porque Los huérfanos es, ante todo, un thriller. Un thriller duro, violento por momentos, rápido y construido para que el lector tenga dificultades para abandonar la novela una vez que ha entrado en ella. Son 445 páginas en las que la acción avanza con pocos tiempos muertos y donde los giros van modificando continuamente la percepción que tenemos de los personajes y de lo que realmente está ocurriendo.

En el centro de la historia aparece la familia Pastor y un pequeño universo de personajes que Carmen Mola va entrelazando alrededor del crimen organizado. Está el patriarca, un abogado de la mafia que ha construido buena parte de su poder alrededor de las apuestas ilegales; está la Hermana Mei, una mujer china fría y calculadora que controla sus asuntos desde un bazar; y están, naturalmente, los huérfanos: tres irlandeses dispuestos a hacerse un sitio en los negocios turbios de Marbella recurriendo a la violencia y a prácticamente cualquier método que resulte necesario para conseguir sus fines.

Pero contar demasiado sería hacerle un flaco favor a una novela que basa buena parte de su eficacia precisamente en que el lector vaya descubriendo las piezas a medida que avanza. Porque en Los huérfanos casi nadie es exactamente lo que parece y, cuando creemos haber entendido hacia dónde se dirige la historia, Carmen Mola vuelve a mover el tablero.

Y luego está Marbella.

Carmen Mola no necesita descubrirnos el lado oscuro de Marbella. Los españoles lo conocemos de sobra. Durante años lo vimos desfilar por las portadas de los periódicos, los informativos de televisión y las revistas: fortunas difíciles de explicar, pelotazos urbanísticos, personajes extravagantes, corrupción, delincuencia organizada y un dinero que parecía no tener nunca fondo. Todo ello conviviendo, además, con la otra Marbella: la del lujo, el sol, las grandes mansiones, los coches imposibles, las fiestas, los restaurantes y ese escaparate permanente del placer y la buena vida.

Y precisamente ahí está uno de los grandes aciertos de Los huérfanos. Carmen Mola no inventa una Marbella oscura porque no lo necesita: toma la que permanece en nuestra memoria colectiva y la convierte en territorio de ficción. La novela se alimenta de esa contradicción que conocemos bien: belleza y violencia, lujo y crimen, placer y corrupción; dos realidades aparentemente distintas que, en Marbella, pueden convivir a escasos metros de distancia.

La ciudad de finales de los noventa y comienzos de los 2000 proporciona, además, un escenario casi perfecto para la historia. Es inevitable que determinados ambientes, negocios y personajes despierten ecos en la memoria del lector. No porque Los huérfanos pretenda reconstruir aquellos años ni convertir personajes reales en protagonistas de ficción, sino porque juega inteligentemente con un imaginario que ya existe. Carmen Mola sabe que no necesita explicarnos demasiado: basta una mansión, un negocio turbio, una fortuna de origen incierto o una determinada forma de ejercer el poder para que cada lector complete mentalmente el decorado.

Por eso Marbella no funciona aquí simplemente como escenario. Es casi un personaje más. Y probablemente pocos lugares en España podían ofrecer a Los huérfanos un paisaje tan reconocible y, al mismo tiempo, tan apropiado para levantar sobre él una historia de ambición, dinero, violencia y crimen.

Y de violencia, precisamente, la novela anda sobrada.

Carmen Mola nunca ha tenido demasiados reparos a la hora de colocar al lector frente a escenas desagradables, y Los huérfanos no supone precisamente un cambio de rumbo. Hay momentos explícitos y formas de matar que no son aptas para lectores demasiado sensibles.

Aquí aparece, además, una curiosa coincidencia con la trilogía de El Cuarto Mono que acababa de leer: los ratones.

Parece que estos pequeños roedores están encontrando un inesperado hueco entre los instrumentos de tortura del thriller contemporáneo. J. D. Barker utiliza una variante particularmente angustiosa: un recipiente cerrado contra el cuerpo de la víctima con un ratón atrapado en su interior que, desesperado por encontrar una salida, termina buscando el camino a través del propio cuerpo. Carmen Mola lleva la idea por otro camino todavía más brutal y difícil de olvidar. No entraré en detalles. Quien lea la novela entenderá perfectamente por qué.

Es una coincidencia llamativa entre dos obras que comparten, además, otra característica: la búsqueda permanente de situaciones capaces de incomodar al lector. El thriller actual parece haber elevado considerablemente el listón de aquello que necesita mostrar para sorprender a un público cada vez más acostumbrado a la violencia de la ficción. Y Carmen Mola conoce perfectamente ese lenguaje.

Sin embargo, reducir Los huérfanos a su violencia sería injusto. Lo verdaderamente eficaz es la manera en que sus autores administran la información. Los capítulos avanzan con rapidez, las historias confluyen progresivamente y el suspense se mantiene prácticamente hasta el final. Hay suficientes cambios de dirección para que resulte complicado anticipar por completo lo que viene después.

Y entonces llega la antepenúltima página.

Hasta aquí puedo contar.

Es uno de esos momentos que obligan a detener la lectura durante unos segundos y preguntarse si hemos entendido correctamente lo que acabamos de leer. Desconcertante, provocador y perfectamente calculado para que la novela continúe dando vueltas en la cabeza después de haberla cerrado.

Porque lo que ocurre en esas últimas páginas cambia, en cierta manera, la perspectiva de todo lo que puede venir después. No diré qué sucede, quién lo dice ni por qué. Hacerlo sería estropear uno de los grandes golpes de la novela. Pero resulta difícil llegar a la última página sin quedarse con una sensación muy concreta: esto no ha terminado.

Al menos, esa es mi impresión.

Después de 445 páginas, Los huérfanos consigue algo que no siempre logran novelas de esta extensión: que al llegar al final uno no tenga la impresión de haber recorrido demasiadas páginas, sino de que todavía quiere saber qué ocurre después. No sé si Carmen Mola tiene ya una segunda entrega en la cabeza, ni siquiera si la habrá, pero el final deja una puerta lo suficientemente abierta como para imaginarla.

Hay material —y mucho— para continuar.

Y también para el cine o una serie. La estructura, el ritmo, la violencia, esa Marbella de lujo y crimen, la galería de personajes y algunas secuencias que prácticamente se visualizan mientras se leen hacen muy fácil imaginar Los huérfanos en una pantalla. No sería extraño que algún día ocurriera.

Carmen Mola vuelve así a una fórmula que conoce muy bien: capítulos que empujan al siguiente, personajes que esconden más de lo que enseñan, violencia sin demasiadas concesiones y giros colocados estratégicamente para impedir que el lector se acomode.

¿Es una novela para todo el mundo? Probablemente no. Quien rechace la violencia explícita encontrará determinados pasajes excesivos. Quien busque una novela pausada, tampoco está ante su libro. Pero quien disfrute del thriller criminal, del suspense y de esas historias que obligan a decir «un capítulo más» cuando ya deberíamos haber apagado la luz encontrará exactamente lo que busca.

Yo venía de 1.800 páginas de El Cuarto Mono pensando que iba a ser difícil mantener aquel ritmo.

Luego llegaron los tres huérfanos a Marbella.

Y ahora el problema es otro: esperar a que Carmen Mola nos cuente qué sucede después.

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