Domingo 12 de abril de 2026
He pasado la Semana Santa en Londres; y más allá de la niebla, la lluvia, el Big Ben, de sus cabinas rojas, el té, el British Museum y sus icónicos autobuses de dos pisos; esta ciudad es un museo viviente llena de historia y de muchas curiosidades. Una de ellas es el búnker secreto o como se conoce allí: las Churchill War Rooms. Bajo las calles del barrio de Westminster, a solo unos pasos de Downing Street, se encuentra el centro neurálgico desde donde se dirigió la resistencia británica. Es una cápsula del tiempo que cuando la guerra terminó en agosto de 1945, las luces se apagaron y las puertas se cerraron prácticamente quedó todo tal cual estaban. Al abrirse como museo décadas después, se encontraron objetos intactos, desde terrones de azúcar escondidos en un cajón hasta mapas con los mismos pines que marcaban el movimiento de las tropas el último día.
El olor de la historia aún se respira en cada una de las salas de ese bunker en la que todavía se puede percibir un ligero aroma a tabaco, rastro de los inseparables puros Romeo y Julieta que Churchill fumaba mientras tomaba decisiones críticas; y si te fijas bien en la silla de madera de la sala del gabinete, verás marcas de arañazos en los brazos, reflejo del estrés y los nervios de Churchill durante las reuniones más tensas de la guerra.
Cuando regresas a España y a Guadalajara de esa burbuja en el tiempo y de conocer más a esos políticos de garra que lideraron momentos mundiales muy difíciles y vuelves a la gramática política española y a ese diccionario tosco y grosero de zafiedades y chabacanerías que usan nuestros políticos te das cuenta en lo que ha degenerado nuestra política. Desayunamos día a día con escenas que parecen extraídas de una mala función de vodevil o de una charla de bar a altas horas de la madrugada. Un ejemplo de ello es el último episodio, protagonizado por Santiago Abascal al calificar de "Juanma Moruno" al presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, o el enésimo episodio de Víctor Morejón, concejal de Vox delegado de Turismo, casco histórico, comercio y mercados en Guadalajara, quien ha decidido con ese video nefasto que la mejor forma de gestionar la ciudad es jactarse de pasarse las leyes "por el forro de lo que rima con emisiones".
Lo que subyace en las palabras de Morejón es la exhibición impúdica de la mediocridad. Cuando un representante público carece de argumentos técnicos, jurídicos o políticos para debatir una ordenanza, recurre a la zafiedad. El "porque yo lo digo" y el lenguaje soez se convierten en el refugio de quien no tiene nada más que ofrecer que ruido. Estos insultos y exabruptos son la representación gráfica de una estrategia tan arriesgada como cínica que corren el riesgo de dinamitar los puentes con los que son tus socios de gobierno o lo serán en un futuro muy cercano en el caso de Abascal. El uso de estos calificativos degradantes busca una rentabilidad inmediata en el mercado de la atención. En un ecosistema digital saturado, la propuesta política pausada no vende; el mote humillante, sí. Al etiquetar al adversario (que no enemigo) con un apodo ridículo, se intenta despojarle de su autoridad institucional para reducirlo a una caricatura.
Sin embargo, esta táctica encierra una paradoja peligrosa. ¿Cómo se explica al votante que el "moruno" de hoy es el socio "fiable y constitucionalista" de mañana? La respuesta es el cinismo político. Se fía todo a la desmemoria del electorado, bajo la premisa de que el poder es un bálsamo que todo lo cura y que una foto firmando un acuerdo de coalición borra meses de barro dialéctico. Estamos ante el fenómeno del "socio-enemigo". En un sistema de bloques donde nadie suma por sí solo, los partidos compiten ferozmente por el mismo espacio electoral. La estrategia consiste en castigar al aliado potencial para evitar la fuga de votos o para forzarle a endurecer su discurso. El problema es que esta erosión constante de la cortesía parlamentaria tiene consecuencias reales. Cuando un líder nacional insulta a un presidente autonómico, no solo ataca a la persona, sino a la institución que representa; será difícil construir proyectos comunes cuando la base de la relación es la desconfianza y el agravio personal.
El insulto que nace en el estrado se traslada a la calle y los ciudadanos adoptan el lenguaje de sus líderes, crispando la convivencia ciudadana. La política española ha pasado de ser el arte de lo posible a ser el arte de la provocación. Si el insulto fácil se convierte en la única herramienta de diferenciación, la gobernabilidad queda hipotecada. En el oscuro catálogo de la historia política, pocos nombres resuenan con la autoridad de Sir Winston Churchill. Sin embargo, al observar el panorama actual, el contraste no solo es evidente, es desolador. Mientras Churchill utilizaba la palabra para movilizar una civilización, gran parte de la clase política contemporánea parece atrapada en un ciclo infinito de mediocridad, cortoplacismo y marketing de redes sociales. Churchill no necesitaba "focus groups" ni asesores de imagen para dictar su destino. Su oratoria, forjada en la honestidad brutal de "sangre, sudor y lágrimas", buscaba elevar el espíritu de una nación hacia un propósito común.
Hoy, la política se ha reducido a la gestión de la indignación, sus discursos ya no buscan la verdad, sino el "clic", sustituyendo la visión de Estado por eslóganes vacíos diseñados para no ofender a nadie y, por ende, no inspirar a nadie. El político actual suele operar con la mirada en la encuesta de la próxima semana. La audacia de Churchill para no negociar con lo inaceptable ha sido reemplazada por una "pusilanimidad" que prioriza la supervivencia personal sobre el interés nacional. Churchill entendía que "el éxito es ir de fracaso en fracaso sin perder el entusiasmo". No temía a la impopularidad si esta era el precio de la convicción. En cambio, la política moderna habita en el pánico constante al error. Se gobierna para el escrutinio frívolo de las plataformas digitales, lo que resulta en liderazgos reactivos, incapaces de tomar decisiones difíciles por miedo a ser "cancelados".
La mediocridad actual no es falta de inteligencia, sino falta de carácter. Churchill era un hombre de contradicciones, pero sobre todo, era un hombre de principios innegociables en torno a la libertad individual y el libre mercado. Mientras los líderes de hoy sigan prefiriendo el aplauso fácil a la verdad incómoda, el fantasma de Churchill seguirá recordándonos que la democracia no solo requiere votos, sino gigantes dispuestos a defenderla.
La política, cuando se vacía de contenido intelectual, se rellena con este tipo de chabacanería. No se busca convencer al ciudadano con una gestión eficiente, sino buscar el aplauso fácil del sector más visceral mediante el desprecio absoluto a las reglas del juego que todos, por ley, debemos acatar.
¿Con qué autoridad moral puede este Ayuntamiento de Guadalajara exigir a un vecino que pague una multa de tráfico o que cumpla con sus obligaciones tributarias? Si el propio responsable de Comercio, Turismo y el Casco Histórico presume de incumplir las normas que su propia administración debe velar, el mensaje es devastador: la ley es opcional si tienes un micrófono y un cargo. Este "cuñadismo" institucionalizado degrada las instituciones. No es una cuestión de ideología —se puede estar a favor o en contra de las ZBE—, es una cuestión de decoro. Un concejal que utiliza expresiones propias de un patio de colegio o de barra de bar para referirse a sus obligaciones legales no solo se descalifica a sí mismo, sino que arrastra en su caída la dignidad del consistorio al que representa. Al final, cuando la política se convierte en un concurso de ver quién es más maleducado, la gestión real queda en un segundo plano. La zafiedad de Morejón no es más que el reflejo de esta política del espejo roto y del espectáculo del canibalismo
Antonio de Miguel
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