Miércoles 04 de marzo de 2026
Queridos hermanos en el Señor: Os deseo gracia y paz.
Hay un grupo creciente de adultos que se están preparando para recibir los sacramentos de iniciación cristiana (bautismo, confirmación y eucaristía). Algunos han tenido un encuentro con Jesucristo y, en su momento, ni siquiera recibieron el bautismo. Otros desean completar el itinerario porque quieren ser padrinos o porque viven con mayor identidad y responsabilidad su condición de cristianos. En este caso, se trata de una reactivación, una actualizada puesta en marcha o una revitalización de lo que aparentemente no eran más que unas brasas escondidas debajo de un montón de cenizas.
La iglesia les acompaña en su camino, les ayuda en su discernimiento, les ofrece las catequesis adecuadas, les anima en su decisión y pone a su alcance los medios apropiados para una respuesta viva y coherente. Y, sobre todo, abre sus vidas a la acción del Espíritu Santo que renueva, fortalece y santifica.
El recorrido no se improvisa. Requiere mucha paciencia, mucha perseverancia y mucha ilusión. Hay veces en las que el itinerario se detiene, o se interrumpe o no desemboca en una realidad estimulante. También hay experiencias felices de crecimiento y maduración.
A cierta edad, las decisiones son personales e intransferibles. Los adultos que llaman a la puerta de la Iglesia saben muy bien lo que significa coherencia y compromiso. Han descubierto dentro de sí mismos un deseo de sentido y de plenitud. Conocen las consecuencias de vivir según los criterios de la competitividad, la cultura líquida y los vínculos interpersonales efímeros. Están conectados a muchas redes, pero muy poco comunicados. No mantienen relaciones firmes y duraderas. Conocen el mundo digital, navegan con soltura, pero experimentan un profundo vacío interior. Se hacen muchas preguntas y encuentran pocas respuestas. Algunos han realizado muchos viajes, pero están muy lejos de su propio corazón.
Desgraciadamente, después de un largo tiempo de preparación, los adultos no siempre encuentran comunidades de referencia, espacios de acogida y plataformas de misión y testimonio. Es imposible vivir la fe en solitario y a la intemperie. Puede surgir la duda de si ha valido la pena todo el esfuerzo realizado. Es preciso mirar hacia atrás con gratitud, vivir con pasión el presente y construir en clave de esperanza el futuro.
El apoyo de las comunidades cristianas es decisivo, imprescindible, vital. Cada nuevo cristiano o cada cristiano renovado son un tesoro y un caudal, una realidad emergente y creciente, un estímulo y un reto.
Recibid mi cordial saludo y mi bendición.
Julián Ruiz Martorell, Obispo de Sigüenza-Guadalajara
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