OPINIÓN

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : La formación religiosa de los niños

Martes 13 de junio de 2023
La contemplación de la realidad actual nos permite descubrir que en el origen de algunos males y problemas de la sociedad están casi siempre los fallos y los defectos de la educación. Las actuales deficiencias educativas, que tienen su origen en la familia, se acrecientan en la escuela, se amplían en la sociedad y se consolidan en la escasa formación religiosa de muchos niños y jóvenes.

En la misión del educador cristiano y, por tanto, de los padres, como primeros educadores de sus hijos, Jesucristo tendría que ser el principal educador. Él nos recuerda en el Evangelio que es el primer maestro, en el que todos deberíamos mirarnos: “Uno solo es vuestro maestro; y vosotros sois todos hermanos” (Mt 23, 8). Con esta afirmación, Jesús, sin negar la autoridad y la responsabilidad de los padres, señala que la educación no debe entenderse como un poder o dominio sobre los educandos, sino como un verdadero servicio, que es la primera expresión del amor. En el servicio a los educandos no actúa solo el educador, sino que es el mismo Señor quien actúa en él y por medio de él. Por eso, Jesucristo debe ser siempre el principal educador.

Si esto es así, los padres cristianos deberían poner los ojos y el corazón en Jesucristo para aprender a educar. Él, en su actividad educativa, cumple con sus obras todo lo que después pide a quienes le escuchan y siguen. Al contemplar los comportamientos de Jesús, el primer deber de los padres y de los educadores cristianos no debe ser solo el instruir o corregir, sino el vivir consecuentemente la vocación cristiana. Los padres deben practicar primero lo que luego piden a sus hijos y éstos han de contemplar en la actuación de sus padres y educadores todo lo que les piden a ellos que vivan.

Esto quiere decir que los padres y educadores, verdaderamente preocupados por la educación de sus hijos y alumnos, podrán hacer mucho más por ellos, si asumen como criterio de su actuación el amor de Dios, que nos ama primero, sin esperar nada a cambio. La contemplación de este amor, que llega a la donación de la propia vida, no deja a nadie indiferente. Por eso, cuando introducimos el amor de Dios en la convivencia familiar y en la educación, es posible cumplir con más perfección la misión educativa.

Ciertamente, la corrección de los niños en la educación es un deber de los padres y educadores, pero ha de hacerse con paz y calma, con paciencia y amor. De este modo, la corrección permanecerá viva en la mente y en el corazón de los niños, que suelen reaccionar positivamente ante la verdad, cuando se escuchan sus exigencias y se les ofrecen respuestas con un lenguaje accesible y aceptable. Es más, si los padres imitan a Jesús, asumiendo que Él vive en nosotros y con nosotros, podrán entender que sus hijos no son propiedad suya, sino un regalo del Señor para que cuiden de ellos y les ayuden a crecer y a vivir como verdaderos hijos del Padre celestial.

Con mi cordial saludo y bendición, feliz día del Señor

Atilano Rodríguez Obispo de Sigüenza-Guadalajara

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