OPINIÓN

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : Jornada Mundial de la Paz

REDACCION | Miércoles 28 de diciembre de 2022
Las manifestaciones violentas en el seno de la familia y en las relaciones sociales, unidas al egoísmo y a la pérdida de valores, están creando dificultades para la consecución de la paz. Pero, sobre todo, como todos constatamos con profundo dolor y desconcierto, la paz está amenazada y es violada en nuestros días como consecuencia de la proliferación de enfrentamientos armados en distintos lugares de la tierra.

La falta de escrúpulos de algunos gobernantes, el desprecio de la dignidad de la persona y el escaso respeto en el cumplimiento de los pactos internacionales están provocando división, enfrentamiento, odio y, frecuentemente, la muerte de muchas personas inocentes. Ante esta realidad de sufrimiento, dolor y tristeza, no podemos ser insensibles ni podemos seguir viviendo como si no fuese con nosotros.

El primer paso para el logro de la paz es el desearla de verdad, renunciando a los enfrentamientos con nuestros semejantes y procurando momentos de encuentros con ellos. El deseo de paz es una aspiración innata de cada ser humano y coincide de alguna manera con el logro de una vida humana plena y feliz. Creados a imagen y semejanza de Dios, estamos hechos para la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27).

Pero no basta con desear la paz, es preciso trabajar por su consecución. El Señor nos lo recuerda en las bienaventuranzas: “Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5, 9). Esta bienaventuranza nos enseña que la construcción de la paz, aunque es siempre un regalo de Dios, exige nuestra colaboración personal y nuestra apertura al sufrimiento de los hermanos.

La Iglesia, secundando las enseñanzas del Señor, que nos recuerda que el reino de los cielos es de los pacíficos, condena el recurso a la violencia como medio para imponer las propias ideas, invita a construir la fraternidad universal y rechaza el adoctrinamiento y la manipulación de los jóvenes y adultos, cuando se les invita a recorrer caminos de violencia y de enfrentamiento para la consecución de los propios derechos.

Los padres, los educadores y los sacerdotes deberíamos hacer un gran esfuerzo por transmitir ideales y valores a los más jóvenes, ayudándoles a respetar a quienes piensan de forma distinta a ellos. Para ello, es fundamental ayudarles a distinguir la verdad de la mentira y el bien del mal para que tengan la capacidad de rechazar las propuestas de quienes defienden la violencia como medio para resolver los conflictos sociales.

La Iglesia tiene muy claro que la paz sólida y auténtica tiene que nacer de mentes y corazones verdaderamente convertidos. Por eso, invita constantemente a orar al Padre común por el logro de la paz. Solo Dios puede darnos un corazón purificado y arrepentido, capaz de renunciar a los propios gustos e intereses para defender los derechos y la dignidad de cada ser humano.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz Año Nuevo.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara



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