OPINIÓN

Los versos sueltos de Natalia : Por ellas, víctimas de una despiadada virilidad.

Miércoles 10 de febrero de 2021
Las olas que barruntan tempestad muy lejos de la orilla antes de culminar se retraen para después de meditar durante unos segundos desatar su ira sobre las rocas de los acantilados acostumbradas a su temperamento colérico inmotivado, contra los cascos de los barcos, hechos a todo, que se limitan a gemir restallando y a menearse como juncos doblegados ante el ataque inclemente.

El cielo amanece con un sol anaranjado que lo pinta de colores ardientes intentando imponerse a las nubes que se resisten a marchar y permanecen a pesar de él y del viento arremolinado que las empuja furibundo.

La marea ha abandonado su cuerpo en la orilla en el mismo momento que la oscuridad se ha dejado vencer por el alba que aparenta cautela al despuntar pero logra sibilinamente ganar la batalla a la noche que en todas las pesadillas parece engañosamente invencible.

El mar ya está quedo, con la calma que siempre sucede a la tormenta, con esa paz temporal que da fin a todas las guerras.

Aún así acaricia en un vaivén constante, incesante aunque lento, su cuerpo inerte y lame con su lengua gigante su pelo lacio y negro pintándolo con reflejos plateados por los restos de sal que deja como recuerdo cuando se marcha para enseguida volver.

Sus ojos abiertos pero estáticos asustan a una gaviota curiosa que cabecea epilépticamente y se interpone entre ella y el sol que asoma por el horizonte incendiado de amanecer.

El ave patiamarilla alza el vuelo hacia otros lugares y emite una letanía que aunque lo parezca no es por ella, huyendo del vacío estremecedor de su mirada empañada.

Las olas llegan chicas a su cuerpo impertérrito abandonado en la orilla, vistiéndolo con algas y arena que sirven de mortaja para cubrir su vulnerable desnudez.

Un cangrejo despistado camina de lado moviendo acompasadamente sus patas desiguales sobre su vientre plano y amoratado.

Parece que las olas antes de tocarla se postran ante ella, reverenciando su cuerpo que, aunque mancillado, continúa siendo bello, ya eternamente joven para el recuerdo, ya con la hermosa imposibilidad de envejecer.

El océano insiste en lamer sus heridas como si sirviera de algo, como si con su yodo fuese a sanarlas y pudiese borrar todo el mal acometido contra ella solo con sus húmedos besos, como si pudiese consolar su alma que aún no ha marchado para alcanzar la perfección de la intemporalidad, esperando quizás a que él la encuentre y pueda rescatarla de la inevitabilidad de la muerte.

Comienza a llover sobre la arena y sobre el mar, milagrosamente porque apenas se pueden ver nubes en el cielo más cercano, finalmente el viento por persistente resultó victorioso en el combate.

Llueve desde un cielo que se pinta de diferentes tonos de azul y rosa al alcanzar el alba su plenitud, digno de una obra impresionista colgada en la pared majestuosa de cualquier museo.

La lluvia y el mar la cubren en una ablución purificadora sin pretender despertarla de un sopor que ya no tiene retorno, la bruma que ya comienza a evaporarse parece proteger su alma en su ascenso al paraíso.

Un àspide que proviene del infierno lo quiere impedir y para atraparla recorre su cuerpo ultrajado por un pérfido íncubo que fuera de un sueño acabó con su vida después de poseerla sin su consentimiento.

La abraza con su larguísimo cuerpo viscoso mientras ella con los ojos abiertos de par en par contempla sin mirar el arcoíris dibujado en el firmamento que no se inmuta, que permanece impasible ante la maldad y observa atontolinado el correr del tiempo que no tiene otro objetivo que el de su destrucción con la llegada inexorable de la consecuente noche.

La serpiente infernal besa su boca con una lengua viperina y gélida en un pispás súbito, varias veces consecutivas, pero ella permanece impasible, extintos ya sus gritos de auxilio, enmudecida con una violencia atroz su voz todavía de niña, amordazada su voluntad por una fuerza bruta masculina que
anuló la suya.

El la busca, desgañitado de tanto gritar su nombre desde que desapareció en mitad de esa maldita noche, entre la niebla de la maldad con mayúsculas, mientras el cielo la llora con su lluvia dulce y suave y el océano la consuela inútilmente con húmedos besos.

La encuentra embalsamada de algas y arena, envuelta en bruma, empapada de lágrimas del cielo.

La serpiente necrófila ocupa su cuerpo y lo mira fijamente con sus ojos vidriosos de pupilas verticales, riéndose hieráticamente cuando él , partido en dos por el dolor, emite un lamento desesperado que al juntarse con el eco de la letanía de la gaviota compone una música extraña y desafinada que se convierte en una endecha por todas ellas, víctimas de una cruel y malentendida virilidad.

La sierpe silba intentando acallar el lamento para que no llegue al cielo mientras recorre con su lengua partida y viscosa sus eternamente jóvenes senos, al mismo tiempo que invade y ultraja su deshonrado cuerpo inmune ya a cualquier iniquidad mortal.


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