OPINIÓN

Los versos sueltos de Natalia : Desde el averno ardiente de su sofá hasta el cielo impío con sus dedos

Miércoles 03 de febrero de 2021
Risas y cuchicheos resuenan desde el apartamento contiguo al suyo y llegan hasta ella traspasando la pared que parece hecha de finísimo papel de fumar.

Después, se produce el silencio...seguramente ha llegado el momento de los besos que casi muerden el cuello, de las caricias que resbalan por el pelo, de los susurros de amor bisbiseados al oído, de quitarse la ropa muy despacio y abandonarla a su suerte en el suelo...

Es invierno y por eso, a pesar de que todavía no es hora de que aparezca la noche, detrás de la ventana apenas cubierta por una cortina traslúcida, gobierna la oscuridad que ha llegado de forma inesperada porque el cielo se ha cubierto de nubes negras preñadas de lluvia y las farolas no han tenido tiempo de encender la luz y continúan su siesta pachorrona acunada por el sonido incesante y rítmico de los coches que vuelven a casas repletas de niños chillones sumergidos en bañeras ya frías y rebosantes de espuma, llenas de juguetes de plástico flotantes que no se pueden reciclar y que seguramente acabarán en el estómago inocente de algún delfín saltando con él sus acrobacias en un intento baldío de tocar el cielo.

Cruje bajo sus pies la madera deslucida, ese sonido alivia el silencio que ya ha comenzado a escocer su vientre sin piedad.

Solo la persigue su propia sombra como un perro fiel mientras camina por el piso.

Enciende una vela y cierra los ojos para gozar del rasgueo casi musical de la cerilla frotando la aspereza de la lija, del olor a fósforo recién quemado, de la penumbra del final precoz de ese día de invierno que atraviesa el visillo casi inexistente y traspasa sus párpados apretados ligeramente .

Los separa para admirar el aleteo de la lumbre que no necesita ningún cielo para volar y el rumor apenas perceptible que emite en su contoneo.

Se sienta en el mismo hueco del sofá, esculpido por tantas horas de añoranzas y deseos sin culminar.

Se arrebuja bajo la manta tejida por ella misma durante las noches de forzada soledad, agujereada por las polillas que campan a sus anchas en el pequeño apartamento, sin temor alguno al exterminio a manos de un insecticida cruel enganchado a los armarios, armado hasta los dientes con un letal olor a lavanda propio de un tanatorio que quiere disfrazar la inapelable muerte.

Las olas son despiadadas golpeando el casco del barco, algunas lo llegan a cubrir por completo, escupiendo espumarajos endemoniados, a pesar de la sal, sobre su cubierta mancillada y desgastada por tanta tempestad maldita.

El barco zozobra sin llegar a hundirse nunca debido a la pericia acumulada después de tantas cuitas.

Piensa en ella mientras reza a los dioses, incapaz de acostumbrarse a la furia que se desata en el mar repentinamente y transforma el cielo en un verdadero infierno.

Añora la calma chicha que sale de su boca en forma de aliento entrecortado por las ganas, el sabor a agua dulce de sus labios, las olas chicas de color indefinido de su melena que cubre la almohada sin dejar espacio, la borrasca que se desata en él al hundir la cabeza entre sus senos repletos.

Ella sueña despierta también, y lo imagina en el navío abandonado al capricho imprevisible del océano, en su pelo encarnado y rizado enloquecido por el viento racheado, en la camisa blanca arremangada y desgarrada por tanta batalla, en sus ojos verdes oscurecidos por la noche que en los días sin nubes se vuelven azules con la misma intensidad de un firmamento a punto de ser invadido por el inevitable pero pasajero crepúsculo.

El sofá es el acantilado escarpado donde ella espera a su marinero de brazos tatuados, de pecho henchido y ojos cambiantes a merced de los caprichos del tiempo.

La colcha agujereada es el negro manto que la protege del frío con el que el viento golpea sin compasión, la vela encendida es el faro tartamudo que alumbra su regreso a casa.

Sus dedos son los de su Odiseo mientras imagina como se aferra al timón, cómo el agua apacigua su pelo enrabietado por la tempestad, cómo recorre con la lengua su vientre tembloroso y abultado por la dulce espera.

Mientras, sola en el hueco acomodado del sofá, destejiendo con sus dientes ávidos la manta, Penélope solo con su lejano recuerdo y sus propios dedos... desde el averno ardiente del trillado sofá, alcanza y toca por un momento escaso el añil intenso e impío del cielo.

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