OPINIÓN

Los versos sueltos de Natalia : Ya exiguo amor

Miércoles 30 de septiembre de 2020
Retiene el aire y deja de respirar mientras cuenta en silencio hasta veinte.

Su boca cerrada se llena de palabras que no ha dicho y que seguramente nunca dirá. Su garganta se ahoga de saliva y de bilis que no quiere escupir. Traga.

Todavía no han sentido su presencia arrebatadora, aún más imponente por la rabia y el odio que han germinado y que crecen tan deprisa como una hierba mala en un jardín sin cuidar.

Dos minutos son suficientes para eso y para recomponer su digna estampa. Pestañea para desechar las lagrimas llenas de ira y de orgullo pisoteado. Lo hace quizás demasiado deprisa. Da igual. Porque a pesar de todo expulsa el aire envenenado aunque invisible.

El hola qué tal, suena frio como el viento que golpea la ventana y se lleva a ninguna parte las hojas ajadas de los árboles, indiferente como el cristal ante la lluvia de ese día de comienzos de un otoño más, el último con él.

No es lo que parece, nunca lo es, cuando intentan esconder lo evidente bajo el edredón de plumas traicioneras y traicionadas. Restos de amor prohibido están esparcidos por la moqueta de seda blanca, manchada imperceptiblemente por alguna que otra de sus locuras apasionadas de los últimos tres
años.

Parece mentira que haya pasado tanto tiempo, o tan poco.

Abre el bolso a cámara lenta, y se retoca el carmín rojo de los labios, esos labios que inmerecidamente tanto y por tantos sitios lo han besado.

Se mira en el espejo espectador y testigo de su traición. El cristal le devuelve la mirada con un cumplido en forma de imagen hermosa, y por ese cumplido perdona su silencio. Sabe que jamás volverá a verla o a verse en él y frunciendo los labios lo besa, besándose a sí misma también.

Aproxima las manos a la chimenea para contagiarse del fuego que está a punto de extinguirse y quema todos los cuentos de princesas que él le ha contado al oído mientras acariciaba su cuerpo rendido a sus palabras. Ya es historia, una historia que no importa. Su mente la borra, como borra el viento de
otoño todo a su paso cuando sopla fieramente.

Les dirige una última mirada resbaladiza digna de ascensor de hotel mientras oye el eco de una súplica con su nombre.

Se marcha contoneando sus caderas, con andares de reina, con la cabeza muy alta, invadiendo con el tic tic de sus tacones el silencio que hasta ese momento cortaba el hielo en el que se acaba de convertir su ya exiguo amor por él.



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