OPINIÓN

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara : Orar con María

Miércoles 13 de mayo de 2020
La Santísima Virgen es modelo de fe y de oración para todo el Pueblo de Dios. Por eso, los cristianos deberíamos examinar la oración de nuestra Madre al Dios poderoso, que hace obras grandes en Ella y, por medio de Ella, en favor de los demás. Este examen tendría que ayudarnos a discernir el contenido de nuestra oración y a purificar aquellos aspectos de la misma que no estén de acuerdo con el querer del Padre celestial.

Cuando nos detenemos a contemplar la oración de la Santísima Virgen, entre otras cosas podemos percibir que en su relación con el Padre adopta una actitud de escucha. En el momento de la anunciación, cuando recibe la visita del ángel enviado por Dios, María se turba y se sorprende por la propuesta que le hace, pero no se cierra sobre sí misma.

Ante la propuesta del ángel, María permanece abierta y atenta al misterio de Dios y, para discernir su respuesta, le pregunta al mensajero: ¿Cómo puede ser eso, pues no conozco varón? Una vez que el ángel le explica que el Espíritu Santo y el poder del Altísimo actuarán en Ella para que el Verbo de Dios tome carne en sus entrañas, María responde con un “SÍ” incondicional, asumiendo que para Dios nada hay imposible.

Esa respuesta convencida a la invitación de Dios, María tendrá que renovarla en muchas ocasiones a lo largo de la vida, especialmente cuando no entiende los caminos de Dios o cuando estos no coinciden con sus criterios. Siempre lo deja todo al juicio de Dios sin condicionarle nunca con su oración o con sus peticiones.

Con esta total disponibilidad ante el Todopoderoso, María nos invita a orar a Dios, pero sin imponerle nunca nuestra voluntad. Por muy importantes y razonables que nos parezcan nuestros deseos y necesidades, Ella nos enseña a presentarle a Dios nuestras súplicas para que sea Él quien decida en todo momento lo que quiere hacer.

Los cristianos, cuando oramos, dedicamos mucho tiempo a la súplica y a la petición, pero empleamos poco en la escucha de la voz de Dios. Pretendemos presentarle al Señor todas nuestras necesidades, pero no le dejamos tiempo para que Él nos hable y nos manifieste su voluntad. De este modo, la oración, frecuentemente, se convierte en un monólogo y deja de ser el encuentro amistoso con alguien que sabemos que nos ama y quiere lo mejor para nosotros, aunque su querer no coincida con nuestra voluntad.

Contemplando la oración de María, descubrimos que, en la oración, hemos de acudir siempre a Dios con la humildad necesaria para aceptar siempre su voluntad y con la convicción de que su respuesta, sea la que sea, será siempre la mejor para nosotros, aunque no coincida con nuestros gustos y deseos.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, Obispo de Sigüenza-Guadalajara


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