OPINIÓN

Los versos sueltos de Natalia: “Verónica, novia del mar”

Lunes 10 de junio de 2019

Le gustaba mirar desde la ventana de su habitación para bailar al compás del movimiento de las olas cuando rompían contra las rocas que impasibles sufrían la fuerza del mar.

Llevaba mucho tiempo encerrada en aquel lugar. Pero ella no sabía cuánto, los años no pasaban por su alma de niña.

Cuando su corazón rebosaba de alegría el cielo y el océano se pintaban del mismo azul intenso y la noche se eclipsaba con un día interminable.

En los días en que su mente se encapotaba, el mar arrugaba el gesto y dormía sin querer despertar para no verlo.

Todos decían que algo en su cabeza no funcionaba, que en el corto camino entre la nada y la vida algo había perdido.

Porque oía voces que los demás no eran capaces de escuchar.

Porque una simple mueca frente al espejo la hacía reír hasta caer sin sentido.

Porque en ocasiones sentía una tristeza infinita que la hacía llorar sin parar.

A veces la vida le daba tanto miedo que se ahogaba en su propio aliento, enmudeciendo sus palabras durante meses.

Meses en los que aturullaban aún más su mente con pastillas de colores que ella saboreaba como si fueran golosinas.

Meses en los que imaginaba que el mar era su amante y corría hasta la orilla para dejarse acariciar por las olas.

Poco a poco el mar se fue enamorando de su locura.

Una tarde sintió que la soledad la desgarraba. No tuvo ganas de reír frente al espejo. Ni de cantar mirando al firmamento.

Esa tarde la voz del océano la habló con un susurro casi imperceptible que solamente ella pudo escuchar.

Le hablaba de cosas preciosas que escondía en su profundidad, de tesoros que solamente él podía mostrar.

De como si se entregaba a él la protegería siempre con un abrazo eterno,

El mar, enamorado de ella, la quería enamorar.

Y ella, mujer de corazón frágil, se dejó seducir hechizada por sus falsas palabras, hipnotizada por las aún más falsas golosinas coloreadas.

Se vistió de blanco y abrió la ventana.

El velo de su melena acarició el viento por última vez cuando con una corona de espinas en el pelo y un ramo de flores ajadas en las manos, Verónica se lanzó al vacío de los brazos de su embustero amado.

Natalia Sanchidrián Sainz


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