TOROS

"Tauromaquia nuestra: Checa" por Jesús Ron

Sábado 26 de agosto de 2017
Cansado del actual ambiente taurino, escandalizado por los motivos de alguna retirada sonada de los ruedos, agobiado por el anuncio del regreso sexagenario de uno que fue en esto; y casi perdida la auténtica fe en espectáculo tan nuestro.., me propuse recuperar el ánimo mirando al origen de mi pasión...

Con un agosto tan festivo por estos lares, ardiente como pocos, con un calor de castigo incapaz de acongojar al personal si hay toros, me dirigí a las zonas por antonomasia de la ganadería de bravo, en todas las tierras de Guadalajara, para reencontrarme con la Tauromaquia de siempre.

Las zonas del Señorío son guardianes de esa maravillosa tradición desde los tiempos de la trashumancia; esa que engarzó territorios, unió pasiones y creó una mezcolanza humana que parió cariño, generosidad, lealtad y, sobre todo.., eso: señorío.

Hablo de Checa; de Checa y de sus doscientos y pico habitantes que en su fiesta taurina septuplica su censo con la más variopinta asistencia, llegada desde los más lejanos lugares para asistir al ceremonial de un festejo taurino, uno de lo más digno que uno pueda llegar a ver en toda la provincia.

Y todas esas virtudes señaladas, se aunaron ayer para homenajear a un hijo del pueblo, que tuvo durante toda su trabajada vida, por bandera, el amor por la fiesta de los toros, entregándose a ella per secula seculorum: Luís García “Checanito”.

Lo hizo pregonando la magna organización de una corrida de toros, en el que además de anunciarse algunas ganaderías vinculadas por su historia a Checa, se pudiera comprobar el devenir por el proceloso camino del actual escalafón de matadores, de un torero que por sus venas corre sangre paterna del lugar, aunque alumbrado en Sevilla en 1990: Juan Ortega. Un torero de esta tierra.

Un juncal, de sienes ya plateadas y de bullicioso hacer, como Luís Miguel Encabo; un joven Francisco José Espada de sobrias maneras en las que se ve las enseñanzas de César Giménez y el mencionado torero de la tierra, con el apoderamiento del gran Pepe Luís Vargas, se las vieron con reses de seis ganaderías que con el siguiente orden: Apolinar Soriano, Guadalmena, Fernando Peña, Las Ramblas, El Tajo y la de Román Sorando, procuraron con su lidia un digno espectáculo, que pudo ser mayor si la casta y las fuerzas hubieran estado más presentes; y de las que se salva, de los señalados
estigmas, el ejemplar de El Tajo, un serio animal, al que Juan Ortega desorejó.

La labor de Encabo, con su hacer voluntarioso, vistoso, profesional y suficiente, estuvo por encima de sus enemigos que en realidad se quedaron en uno, puesto que el de Las Ramblas, en realidad, no existió. Sí convenció al público en el primero, pese a su permanente querencia a chiqueros y fue premiado con un trofeo, porque la espada se resistió. También agradó el buen hacer de Ángel Otero en las bregas.

Juan Ortega, tiene el don de la personalidad en lo que intenta y logra, siendo esto gran virtud en la profesión en la que milita con una manifiesta ilusión. Su corte de toreo, con aires rondeños, no exento de una belleza estética con su aquel; permite gozarlo, sobre todo, en los inicios de su labor con el capote y comienzos de faena de muleta, pues tiene un poderoso juego de muñecas acompañado de una grácil combinación corporal en su figura. La ortodoxia en su buen hacer, incluso en las bernardinas de su buena faena al quinto, le lleva a lograr el esperado reconocimiento de los aficionados que gustan de lo
auténtico. La falta de rodaje, no impide el concebir fiables esperanzas, tanto en él como en las enseñanzas de su apoderado Pepe Luís Vargas.

Francisco José Espada, muestra otra forma de concepción del arte de Cúchares, basada en la quietud, el lento hacer y progresar en el desarrollo de su labor, adaptándose así, lo más pronto posible, a las condiciones de sus toros que ayer fueron de las mejores de la tarde. Cierta frialdad, en ese planteamiento, le hace correr el riesgo de no lograr la máxima atención en su labor, como le ocurrió en su primero. Es cierto también que la espada le resultó esquiva para el logro de mayores trofeos.

Este borrón, ayer fue generalizado entre las coletas; y es un tema muy prioritario su mejora, porque sin el dominio de la suerte suprema no es posible alcanzar la suprema categoría del triunfo incontestable. Manos a la obra. La tarde fue muy agradable en general y tuvo su interés taurino, además de un premio nada desdeñable de la colaboración atmosférica, después de que unas amenazantes nubes nos amagaran con la lluvia, se apiadaran de los dos tercios de plaza y acabaran regalándonos el extra de una temperatura de auténtico aire acondicionado...

El regreso a los cuarteles capitalinos trajo consigo el sabor de lo bien hecho, el regusto del ambiente taurino rural, el placer por lo contemplado, el máximo cariño comprobado por lograr la tauromaquia más auténtica, la generosa proximidad de los checanos para con sus visitantes; y sobre todo.., sobre todo la esperanza. La esperanza en dos toreros que están dispuestos a perpetuar el toreo de valor y el toreo de arte y de una depurada técnica. Una combinación que no falla para la continuidad de esta fiesta y de la que es partícipe un torero de la tierra.

Una inyección de moral. Vamos...

Ficha del festejo.-

Checa, plaza portátil, 25/08/2017. Tres cuartos: aforo 800 personas.

Reses nobles, descastadas y flojas de: Apolinar Soriano, Guadalmena, Las Ramblas y

Román Sorando. Alegre y noble de Fernado Peña y encastada de El Tajo.

Luís Miguel Encabo, oreja y palmas. Juan Ortega, ovación y dos orejas. Francisco José

Espada, ovación y dos orejas.

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