OPINIÓN

Carta semanal del obispo: “La fe verdadera”

Miércoles 28 de junio de 2017

El papa Benedicto XVI nos recordó en distintos momentos de su pontificado que el principal problema de la Iglesia era la crisis de la fe. Este debilitamiento de la fe se debe, en algunos casos, a la incapacidad del ser humano para levantar la mirada al cielo debido al activismo y a la comodidad. Pero, sobre todo, la falta de fe procede de la convicción generalizada de que se puede ser cristiano por el simple hecho de mantener unas prácticas religiosas y confesar las principales verdades de la fe contenidas en el Credo.

Cuando nos ponemos ante la Palabra de Dios y contemplamos los comportamientos de los primeros cristianos, descubrimos que para ellos la fe consistía fundamentalmente en la adhesión y en el seguimiento de Jesucristo. Ellos escuchaban la llamada de Jesús, respondían a la misma con el seguimiento y no dudaban en dejarlo todo para poner en el centro de sus vidas la perla preciosa que habían descubierto, aunque esto comportase persecuciones y sufrimientos.

La escucha de las enseñanzas del Maestro, su especial relación con el Padre y los gestos de cercanía y amor a sus semejantes, especialmente a los enfermos, pecadores y empobrecidos, impulsan a los primeros cristianos a prestarle su adhesión incondicional y a unirse a su obra salvadora de una forma consciente, responsable y libre.

Partiendo de aquí, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la fe es, ante todo, “una adhesión personal del hombre entero a Dios que se revela. Comprende una adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la Revelación que Dios ha hecho de sí mismo mediante sus obras y sus palabras” (n. 176).

Con esta definición, el Catecismo nos indica que la fe, además de ser un don de Dios que hemos de pedir constantemente, comporta también la adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la persona y a la verdad revelada. La adhesión a la verdad nace de la confianza en la persona que da testimonio de ella.

Por lo tanto, para ser cristiano no basta conocer las enseñanzas del Maestro. Ante todo, es preciso conocer los sentimientos, actitudes y comportamientos que dieron sentido a su existencia para llegar a pensar, actuar y vivir con su mismo estilo de vida. Este conocimiento interno de Jesucristo no puede ser nunca el resultado de nuestros esfuerzos personales, sino la experiencia de la revelación del Padre. Por eso, hemos de pedir confiadamente al Padre celestial que nos muestre el verdadero rosto de su Hijo, pues nadie conoce al Hijo sino el Padre y aquel a quién Éste se lo quiera revelar.

Si tenemos presente que la fe consiste, sobre todo, en el conocimiento interno de Jesús para seguirle con la confianza puesta en la voluntad del Padre, los cristianos deberíamos preguntarnos con cierta frecuencia a qué Dios seguimos. ¿Seguimos de verdad a Jesucristo? ¿Cuánto tiempo dedicamos al conocimiento de su persona? ¿Pretendemos ser cristianos sirviendo en determinados momentos al Señor y, en otros, a señores creados por nosotros o venerados por la sociedad?

El papa Francisco nos dirá que: “La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura” (EG 88). Esta confianza incondicional en Jesucristo, que nos regala la verdadera fe, nos impulsa a dejarnos guiar por Él y a permitirle que oriente con sus comportamientos y estilo de vida nuestra existencia. No podemos reducir la fe a la confesión de un conjunto de verdades, que se quedan en la cabeza, pero que no provocan la adhesión del corazón ni la acción a favor de los hermanos.

Con mi bendición, un cordial saludo y feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara


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