OPINIÓN

Carta semanal del obispo: “Católicos ateos”

Martes 28 de marzo de 2017

Los discípulos de Jesús, después de su victoria sobre el poder del pecado y de la muerte en virtud de su resurrección, comprendieron el sentido de su vida y descubrieron con un corazón renovado la fuerza de sus signos y palabras. Los encuentros con el Resucitado, les ayudan a reconocer que sus palabras tenían el poder de liberar a las personas del miedo, del sufrimiento, de la enfermedad y del pecado.

A partir de aquel momento se dedican a recoger algunas de las enseñanzas que habían escuchado al Maestro, pues las consideran como palabras de alguien que vive y sigue hablando a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Son, por lo tanto, palabras que ofrecen vida y salvación, palabras que tienen el poder de transformar el corazón humano e inundarlo de paz. Nacen así los Evangelios.

Las primeras comunidades cristianas leen estos textos sagrados como palabras dichas para ellos por el mismo Jesús resucitado. De este modo crecen en el conocimiento de su identidad personal para vivir en la verdad. Distinguen perfectamente la lectura de los Evangelios de la lectura de otros libros o documentos, pues viven con la profunda convicción de que, cuando leen el Evangelio, están escuchando a Jesús mismo que les habla al corazón y les revela los secretos de su misión.

El Concilio Vaticano II, para animar a todos los miembros del Pueblo de Dios a la lectura de la Palabra de Dios desde una actitud creyente, afirma que “Cristo está presente en la Palabra, pues es él mismo quien habla mientras se leen en la Iglesia las Sagradas Escrituras”. Cuando leemos el Evangelio con fe, experimentamos la presencia del Resucitado que nos habla y nos acompaña en el camino de la vida hacia la eternidad.

Ahora bien, los cristianos no podemos conformarnos con leer o con escuchar las palabras de Jesús. Como María y tantos santos, hemos de acogerlas en nuestro corazón para meditarlas y ponerlas en práctica, para concretar la Buena Noticia en las obras. La vida de un creyente, de un discípulo misionero, no puede sustentarse si no se escuchan frecuentemente las palabras de Jesús y se ponen en práctica.

Si esto es así, tendríamos que preguntarnos: ¿estamos construyendo nuestra vida cristiana sobre la roca de la Palabra de Dios o la construimos sobre la arena movediza de las voces de los señores del mundo? ¿Adoramos al Dios que se nos muestra en el Evangelio o a los ídolos que nos ofrece la sociedad? Cuando no acogemos la Palabra de Dios –decía el Papa recientemente en una homilía- “el corazón se endurece y caemos en la infidelidad. Nos convertimos en católicos infieles, en católicos paganos o, todavía peor, en católicos ateos, porque no tenemos como referencia el amor de Dios viviente. No escuchar o dar la espalda a Dios nos lleva por el camino de la infidelidad”.

En nuestra diócesis, gracias a Dios, son muchos los cristianos que a través de los grupos de lectura creyente y orante de la Palabra están creciendo en el conocimiento y en el seguimiento de Jesucristo. Con sus palabras y obras en la parroquia o en las relaciones sociales están dando testimonio público de la Buena Noticia. Una vez más, me atrevo a invitaros a los bautizados a formar parte de alguno de estos grupos o, al menos, a leer la Palabra de Dios en vuestras casas pues, como nos recuerda el mismo Jesús: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda Palabra que sale de la boca de Dios”.

Con mi sincero afecto y bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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