OPINIÓN

Carta semanal del obispo: “No nos engañemos”

Martes 28 de febrero de 2017

El gran problema del hombre de todos los tiempos consiste en engañarse a sí mismo al considerarse más de lo que es, al pretender ocupar el lugar de Dios, al no reconocer su condición de criatura limitada, dependiente, finita, sujeta a la debilidad de la carne, con virtudes, pero también con defectos.

La dependencia del ser humano de Dios es absoluta, total y permanente. Es más, solamente cuando el ser humano acepta su condición de criatura y, por tanto, su dependencia de Dios y de los hermanos, puede tener la experiencia radical del servicio y percibir la necesidad de alguien que venga en su ayuda con el suficiente poder para perdonar sus pecados y para salvarle de sus limitaciones.

Esto quiere decir que en la vida lo único importante es servir a Dios, reconocer su amor y acoger su salvación. Lo demás importa menos. Cuando no aceptamos nuestra condición de criaturas y pretendemos que los demás nos sirvan, alaben y valoren, nos engañamos. Cuando, inconscientemente, queremos ocupar con nuestras decisiones el lugar que sólo a Dios le pertenece, nos equivocamos y vivimos en la mentira.

San Ignacio de Loyola, en el libro de los ejercicios, señala que la verdad del hombre está en servir a Dios eligiendo. La elección, por lo tanto, es muy importante. No podemos equivocarnos a la hora de hacer esta elección. Para ello, hemos de tener siempre en cuenta que toda buena elección ha de ajustarse al fin para el que hemos sido creados, es decir, para alabar a Dios sobre todas las cosas y, de este modo, alcanzar la salvación.

Estas indicaciones de San Ignacio, nos recuerdan que no podemos anteponer nada a Dios. El servicio a Dios ha de ser siempre el fin y el objetivo fundamental de la existencia humana. Las actividades, los proyectos personales, los estados de vida y las dificultades del camino no pueden convertirse nunca en absolutos. Son simples medios para mejor servir a Dios. Por lo tanto, a la hora de elegir, tenemos que permitir a Dios que nos ilumine con la luz de su Palabra y nos muestre su voluntad para acertar en el camino que hemos de seguir.

La situación actual de la Iglesia, la indiferencia religiosa y el relativismo moral nos obligan a todos los que nos confesamos seguidores de Jesucristo, no sólo a tener fe en Dios y a descubrir su voluntad en la meditación de la Palabra de Dios, sino a vivir de la fe, a fiarnos del Señor y a permitirle orientar y acompañar cada día el rumbo de nuestra peregrinación por este mundo.

Más allá de nuestras realizaciones y proyectos, hemos de vivir con radicalidad la misión, que no es nuestra, sino del Señor. Es Él quien nos llama constantemente a vivir en su amistad y quien nos impulsa a entregar la existencia para hacer posible la fraternidad entre todos los seres humanos y para comunicar la alegría del Evangelio a nuestros semejantes.

Cuando olvidamos que Jesús está con nosotros en cada instante de la vida y en la misión evangelizadora, con el paso del tiempo perdemos el entusiasmo, nos faltan las fuerzas y la pasión para el anuncio de la Buena Noticia y dejamos de estar verdaderamente convencidos de lo que anunciamos. “Y una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie” (EG 266).

Con mi sincero afecto y estima, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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