OPINIÓN

El Escondite de Natalia: Catalina, reina y mendiga

El Escondite de Natalia

Martes 22 de noviembre de 2016
Apoyó la cabeza en su pecho y cerró los ojos, dejándose acunar por el rítmico sonido de su corazón.

La nieve que golpeaba insistentemente la ventana del dormitorio hacía los coros a esa preciosa música.

Bajó la mano y lo tocó. Su boca se torció con un gesto de desagrado porque no encontró respuesta. Herido su femenino orgullo, buscó entre las sábanas y comenzó a jugar con la lengua un juego que conocía de sobra.

No tardó mucho tiempo y él se hizo gigante entre sus labios y ella volvió a sentir felicidad entre unas piernas que ya suyas, temblaban con un inmenso placer convertido por un efímero segundo en amor infinito.

La nieve llegó a su boca y engañosamente cálida y húmeda, se convirtió en agua helada, cuando él de un empujón, la apartó despreciándola.

Reconocía su voz pero no sus palabras. O quizás tampoco su voz, dura, intransigente, despreciativa. Lo que era hasta hacía unos días su consuelo y refugio, se había convertido en su castigo.

Cerró los ojos para no escuchar. Se tapó los oídos sin querer ver. Pero malvadas frases de indiferencia llegaban a ella antes que el frío al inocente cristal de la ventana. Y ella deseó ser ese cristal, impasible, innmutable ante las inclemencias y las desdichas.

Pero fue imposible porque era una apasionada y dulce mujer. Un terrible y sonoro sollozo ocupó su alma frágil y delicada.

Invadida por las lágrimas, se arrodilló a sus pies suplicando algo que jamás debió suplicar, porque su masculina respuesta fue la de un verdugo deseando aplicar la pena capital.

Guillotinas de desamor partieron en dos su cuerpo. Sogas de olvido ahogaron su fino cuello impidiendo que llegase el oxígeno a sus enamorados pulmones.

Acostumbrada a besar por donde él pisaba, y a pesar del desaliento que convertía el aire en veneno, lamió sus pies como si de una felación se tratase.

Los escupió con deseo enfermizo, con un ansía inconsciente e inútil de dejar su marca, mientras él sonreía o se reía, vanagloriándose del maravilloso poder que ejercía sobre esa bella pero infeliz mujer.

Y excitado de nuevo, sin que siquiera rozase su sexo, pronunció otro nombre, llegando al cielo con uno más corto y menos intenso, con un femenino sustantivo formado por menos vocales, con un nombre vulgar compuesto por débiles consonantes.

Pero ella con su boca y con el nombre de otra le hizo abrazar el firmamento llenando de nieve su lecho. Nieve mucho más húmeda y fría que la que indiferentemente golpeaba sin ningún reparo el cristal, que expuesto al cruel invierno, era testigo de la desdicha de la preciosa Catalina, que en otro momento reina, esa noche mendigaba un amor... que ya no existía.

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