GUADALAJARA

Un olmo y mil historias, en La Alameda de Sigüenza

REDACCION | Domingo 20 de noviembre de 2016
La ciudad de Sigüenza vivió ayer una emotiva jornada en torno al valor de los olmos, una especie arbórea que también tiene algo de espiritual, porque unía a los pueblos. “No es un árbol más. Daba sombra al lugar de reunión donde se tomaban decisiones importantes para la comunidad, donde se hablaba, donde jugaban los pequeños y descansaban los mayores”, valoraba ayer David León, técnico de la Dirección General de Desarrollo Rural y Política Forestal del Ministerio de Agricultura, Pesca, Alimentación y Medio Ambiente, que fue uno de los ponentes.

La iniciativa seguntina de un proyecto más amplio bautizado con el hermoso y esclarecedor apelativo de 'Un olmo, mil historias', tuvo dos partes. La primera tuvo lugar en el Auditorio de El Pósito. Fue introducida por Eva Plaza, teniente de alcalde del Ayuntamiento de Sigüenza. Plaza, ayudada por decenas de seguntinos, había recopilado previamente antiguas fotografías históricas de La Alameda, como homenaje a aquel paisaje, a quienes lo cuidaron y cultivaron, y también a los seguntinos que ya no están. La concejala agradeció la implicación de los voluntarios que cedieron las imágenes y recuerdos familiares al proyecto, además de destacar la labor de FAGUS, “y del resto de las asociaciones que nos han implicado en 'Un olmo, mil historias'”.

En una segunda intervención, la cronista oficial de Sigüenza, Pilar Martínez, calificó la de ayer como una “jornada de renacimiento”, precisamente pocas fechas después del Día Mundial del Patrimonio Natural y Cultural, que se celebra el 16 de noviembre. “Donde había habido unos olmos que, desgraciadamente, destruyó la enfermedad, hoy va a plantarse uno nuevo, resistente a la grafiosis, en lo que será primera fase, y hoy primer paso, del renacer de La Alameda en el camino adecuado hacia su reconocimiento como Bien de Interés Cultural”, destacó. La cronista subrayó la importancia de que “todos los seguntinos cuidemos a este ejemplar” y de que “nos convirtamos en guardianes de los olmos, o mejor aún, en amigos de los olmos que han sido, y deben volver a ser, patrimonio natural y cultural de Sigüenza”.

El primer alcalde que se tuvo que enfrentar al problema de la grafiosis en La Alameda fue Vicente Turo, pero quien debió tomar la dolorosa decisión de talarlos, debido a la muerte de los árboles por la enfermedad, fue Juan Carlos García Muela, alcalde entre los años 1987 y 1991.

El hecho se produjo en el año 1989. Por eso, para él, el de ayer fue un día especial, como manifestó en su intervención. “Teniendo en cuenta aquella desgracia, para mi es un motivo de satisfacción comprobar que los olmos tienen porvenir otra vez en Sigüenza. Así, albergo la esperanza de que volvamos a recuperar el esplendor de La Alameda, ya que tanto nos dolió a los seguntinos su pérdida”, valoraba ayer. García Muela calificó la toma de la decisión de apear los árboles como “un trauma, para mí y para toda la corporación”. Con gran despliegue de conocimiento, el antiguo alcalde hizo un recorrido histórico por el emblemático parque. Fue el obispo Vejarano, que lo fue de Sigüenza entre los años 1801 y 1818, quien trazó las líneas que sirvieron de base para que después, en los años venideros, se llevara a cabo su desarrollo hasta constituir lo que siempre ha sido para los seguntinos lugar de solaz y recreo. “Los olmos atravesaban la vega, desde el prado de Santa Librada hasta el límite con Alcuneza”, explicó. Además, García Muela recalcó la importancia que los olmos, históricamente, tuvieron en la vida económica y social de Sigüenza, y subrayó que cuando se construyó el Barrio de San Roque, “el Ayuntamiento permaneció vigilante para que sólo se cortaran los necesarios”. Por último, recopiló las especies arbóreas con las que se sustituyeron a los olmos fallecidos.

El naturalista seguntino, miembro de la SEO (Sociedad Española de Ornitología) y presidente de la Sociedad Micológica de Sigüenza, Javier Munilla, habló sobre lo que había perdido la ciudad con la grafiosis que acabó con los olmos. Además de la frescura de sus sombras y las historias que se contaban bajo sus copas frondosas, quien más la sufrió fue la biodiversidad seguntina, empezando por las aves trogloditas que vivían en los huecos de los grandes árboles. “Allí anidaban carboneros, herrerillos, y otras especies de aves trepadoras y agateadoras, algunas tan emblemáticas como el cárabo, el mochuelo o el autillo. Los silbidos característicos de esta última especie cuando estaba en celo, cuando el macho llama a la hembra y marca el territorio, nos advertían que ya venía el buen tiempo y el calor”, expuso Munilla. También se perdieron otras especies de mamíferos como ardillas, ratones o alguna garduña, pero sobre todo, los murciélagos. “Todas estas aves y animales, en su mayoría insectívoros, nos ayudaban a combatir las plagas de mosquitos, que luego, años después, hemos tenido que sufrir sin que la fumigación pudiera hacer gran cosa por evitarlas”. Por último, se refirió Munilla a la pérdida de “la mejor orquesta imaginable, que era el canto de esas aves en época de celo”. Mirlos, ruiseñores, jilgueros, pinzones o reyezuelos, superponían sus melodías componiendo “una sinfonía natural fabulosa”.

Terminadas las exposiciones, los asistentes se dirigieron al parque de La Alameda. Justo enfrente de la iglesia de Nuestra Señora de Los Huertos, la Brigada de Obras Municipal había adecuado el lugar para plantar un olmo resistente a la grafiosis.

El hoyo había sido realzado por una hornacina hecha de piedra labrada para pone en valor la acción. Preludiados por Eva Plaza, Gregorio Garijo, responsable de la Brigada de Obras, y representantes de FAGUS, lo unieron a la tierra y lo regaron.

A renglón seguido, Juan Carlos García Muela y Eusebio López, durante muchos años jardinero de La Alameda, descubrieron la placa conmemorativa. Dieron lectura a sus textos la cronista oficial de la ciudad Pilar Martínez, que leyó unas frases de su padre, que fuera también alcalde seguntino y cronista de la ciudad, Juan Antonio Martínez, recogidas en la cerámica, y el profesor Luis Gil.

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