OPINIÓN

Carta semanal del obispo: “La defensa de la vida”

Martes 05 de julio de 2016
El reconocimiento efectivo de la dignidad de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de sus derechos. Estos derechos van inscritos en la naturaleza de la persona, afectan a todos y no pueden ser violados por nadie. Ni la persona singular, ni el grupo, ni el estado pueden cambiar estos derechos ni mucho menos eliminarlos, pues no provienen de iniciativas humanas sino del mismo Dios.

Desde hace años se ha hecho normal el hablar de los derechos humanos. En nuestra sociedad existe una especial sensibilidad por la defensa del derecho a la salud, al trabajo, al domicilio, a la familia y a la educación. Sin embargo, la preocupación por la defensa de todos estos derechos puede resultar una ilusión si no se defiende con la misma radicalidad el derecho a la vida de la persona como el derecho primero y como la condición necesaria para garantizar los restantes derechos.

La Iglesia, a pesar de las constantes violaciones que ha recibido y sigue recibiendo el derecho a la vida por parte de muchos ciudadanos y de quienes tienen responsabilidades en el gobierno de las naciones, no se ha dado nunca por vencida y mantiene que todo ser humano tiene derecho a vivir, desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. Aunque la responsabilidad en la defensa de la vida pertenece a cada ser humano, los padres, los educadores, los profesionales de la salud y quienes asumen responsabilidades económicas o políticas, tienen una responsabilidad especial.

Entre estas faltas de respeto a la vida humana está la pena de muerte a la que se ven sometidas muchas personas como consecuencia de la gravedad de sus delitos. Ante esta falta de respeto a la vida de los demás, recientemente se ha celebrado en Oslo (Noruega) el VI Congreso mundial sobre la pena de muerte. Los mil quinientos participantes en este congreso ofrecieron argumentos y propuestas para la eliminación de la pena de muerte.

El papa Francisco quiso unirse a las deliberaciones de los congresistas enviándoles un mensaje en el que les agradece el compromiso sincero por la consecución de un mundo libre de la pena de muerte. Recogiendo las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica, el Santo Padre reconoce que hoy existen medios suficientes para proteger y defender la vida humana de las personas inocentes sin necesidad de recurrir a la eliminación de la vida de quienes no han sabido respetar la vida de los demás (Catecismo, 2267).

El derecho a la vida, que es un don de Dios, pertenece también al criminal. Por lo tanto, la utilización de métodos incruentos para condenar a los violentos responde mejor a las condiciones concretas del bien común y es también más conforme con la dignidad de la persona y la defensa de la vida humana en todo momento y condición. La conciencia de la sacralidad de la vida humana y el respeto a la misma se nos ha confiado a los hombres, no para que dispongamos libremente y según nuestros gustos de la vida de los demás, sino para que la cuidemos fielmente como colaboradores de Dios.

En este sentido, San Juan Pablo II ya nos recordaba que la sacralidad de la vida humana no sólo hay que defenderla por convicciones religiosas, sino por la sola razón humana. Decía el Papa: “Todo hombre abierto sinceramente a la verdad, aún entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural, escrita en el corazón (Cfr. Rom 2, 14-15), el valor sagrado de la vida humana desde el inicio hasta su término” (EV. 2). Esto quiere decir que no somos un simple producto natural de la evolución. Cada ser humano es querido, pensado y amado por Dios. Él nos ha amado y nos ama siempre primero.

Con mi bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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