OPINIÓN

Carta semanal del obispo: La Semana Santa

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara

Miércoles 16 de marzo de 2016
La celebración del Domingo de Ramos nos introduce en la Semana Santa. Los cristianos llamamos santa a esta semana porque está santificada por los misterios santos de la redención de la humanidad: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Pero, además, también es santa porque en ella somos renovados y santificados interiormente por la gracia divina. Es importante, por tanto, que todos abramos la mente y el corazón a la acción de la gracia en nosotros y que respondamos generosamente a la misma.

Durante estos días santos, los cristianos estamos invitados a revivir y actualizar sacramentalmente los misterios de la entrega amorosa de Jesucristo en la cruz y de su resurrección de entre los muertos. Mediante la acción constante del Espíritu Santo, podremos experimentar un año más en las celebraciones litúrgicas el amor misericordioso del Padre a la humanidad y la fidelidad de Jesucristo a su voluntad hasta la entrega incondicional de su vida por nosotros y por la salvación del mundo.

Además de las celebraciones litúrgicas, en muchos pueblos y ciudades tienen lugar también los desfiles procesionales con los tradicionales pasos de la Semana Santa. Además de cuidar el silencio y el recogimiento para facilitar la oración de quienes participan en la procesión, hemos de tener también muy presente que las procesiones deben ser siempre la prolongación de lo que hemos celebrado en la Liturgia.

En la Liturgia, como nos recuerda el Concilio Vaticano II, tienen su fuente los desfiles procesionales y hacia ella han de conducirnos. Por eso, los desfiles procesionales separados de la Liturgia pierden su vitalidad y quedan reducidos a mera costumbre o tradición. Podríamos decir que sin la fe, la Semana Santa no tiene sentido y sin las celebraciones litúrgicas pierde su fuente de vida.

Este año, con ocasión de la celebración del Jubileo de la Misericordia, estamos invitados a profundizar en el amor misericordioso de Dios hacia todos los hombres. Él no duda en salir de sí mismo y abajarse hasta nosotros para lavarnos los pies y para regalarnos su Cuerpo y su Sangre mediante la institución del sacramento de la Eucaristía. De este modo nos muestra el camino que hemos de seguir si de verdad queremos ser y actuar como buenos hijos del Padre celestial.

La inserción en la vida de Jesucristo resucitado y la incorporación a la vida de la comunidad cristiana en virtud del bautismo nos obligan a contemplar con atención el camino recorrido por el Maestro para ser personas en plenitud y para llegar a la meta verdadera de nuestra existencia, que consiste en la participación de la victoria y el triunfo de Jesucristo sobre el poder del pecado y de la muerte.

Al contemplar la cruz de Cristo y al postrarnos ante ella en actitud de adoración como árbol de vida y de redención, no olvidemos que su pasión y su muerte siguen siendo muy reales en nuestros días debido al olvido, el desprecio y la muerte a las que se ven sometidos tantos hermanos nuestros a causa de su fe o por otras razones. En los emigrantes, refugiados y perseguidos, que viven en condiciones inhumanas y son rechazados en la Europa opulenta y en otros países de la tierra, el mismo Jesús prolonga su muerte pues, como nos recuerda en el Evangelio, lo que hagamos o dejemos de hacer con cada uno de estos hermanos necesitados a Él mismo se lo hacemos.

Oremos especialmente al Señor por ellos durante estos días santos y pidámosle también que nos enseñe a consolar a los que sufren y a llevar la cruz de aquellos hermanos que sucumben ante el peso de sus cruces, porque no encuentran cirineos en el camino.

Con mi sincero afecto, feliz Semana Santa para todos.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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