OPINIÓN

El hombre y la mujer, custodios de la creación

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara

Martes 20 de octubre de 2015
Las distintas criaturas llamadas por Dios a la existencia, además de ser un reflejo de su bondad y belleza, guardan entre ellas una jerarquía. Esto se aprecia con mucha claridad al leer el libro del Génesis y contemplar el orden de las cosas creadas por Dios durante los seis días de la creación. Si nos fijamos en esta narración, existe una progresión desde las cosas menos perfectas a las más perfectas, desde la creación de los minerales hasta la creación del hombre.

En la cumbre de la creación aparecen el hombre y la mujer. Creados ambos por amor, se complementan plenamente entre sí. Dios, señala el autor sagrado, hizo pasar por delante del hombre a todos los animales para que les asignara nombre. Sin embargo, en ninguno de ellos descubre el hombre la ayuda necesaria para desarrollarse como persona, hasta que Dios le presenta a la mujer. En ese instante, el hombre exclamará: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” (Gen 2, 23). Con esta expresión, se nos quiere decir que el hombre y la mujer estarían incompletos sin la ayuda mutua.

A partir de este momento, el hombre y la mujer, por encargo del Creador, se convertirán en los reyes de la creación o, más concretamente, en los administradores y custodios de la misma, pues también ellos han de permanecer sometidos al orden de las cosas creadas establecido por el mismo Dios. Al hombre y a la mujer se les confía el cuidado de todo lo creado, haciéndoles ver que, además de ser muy bueno por ser obra de Dios, es también manifestación de su perfección y de su bondad.

Si tenemos en cuenta este plan de Dios sobre el hombre y el mundo, deberíamos afirmar que toda la creación, como un mundo armónicamente bien organizado, fue pensada para el hombre. Él recibe el encargo de dominar la creación y de continuarla siendo fiel en todo momento a las recomendaciones de Dios y contando con su ayuda. El mundo es un material que Dios pone a disposición del hombre para que pueda realizarse como persona y para que lleve a cabo sus investigaciones en el mismo.

La creación, por tanto, no es un dios al que haya que adorar y prestar culto, pero sí es preciso cuidarla y ordenarla de acuerdo con los criterios del Creador. En este mundo creado, el ser humano ha de ejercer su libertad interviniendo en la obra creada y haciéndola fructificar para que todos, especialmente los más pobres, puedan beneficiarse de ella. Ahora bien, en el ejercicio de su libertad, el hombre debe tener muy claro que no es dueño absoluto de la creación. Tiene derecho y obligación de usarla y cultivarla, pero no puede abusar de ella. Ha de administrarla de forma razonable.

Cuando el hombre olvida su condición de criatura y desobedece a Dios, pretendiendo ser libre al margen de Él, entonces introduce el desorden en su vida, en las relaciones con el Creador, con sus semejantes y con la misma naturaleza creada. Cuando dejamos de adorar al Dios todopoderoso, creador de cielo y tierra, terminamos adorando otros poderes del mundo o nos colocamos nosotros mismo en el lugar de Dios, llegando a pisotear sin límites y a destruir sin escrúpulos la realidad creada por Él.

Pensando en el cuidado y respeto a la creación por parte del hombre, el papa Francisco nos invita a poner a Dios en el centro de la vida. De este modo, podremos situarnos y actuar con verdad en el lugar que nos corresponde: “La mejor manera de poner en su lugar al ser humano, y de acabar con su pretensión de ser un dominador absoluto de la tierra, es volver a proponer la figura de un Padre creador y único dueño del mundo, porque de otro modo el ser humano tenderá siempre a querer imponer a la realidad sus propias leyes e intereses” (LSi, n. 75).

Con mi bendición, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

TEMAS RELACIONADOS:


Noticias relacionadas