OPINIÓN

Jornada mundial del enfermo

Carta semanal del obispo de la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara

REDACCION | Miércoles 22 de octubre de 2014
El misterio del dolor, de la enfermedad y del sufrimiento forma parte de la existencia humana. Estas realidades, con las que todos convivimos durante nuestra peregrinación por este mundo, son la manifestación de la limitación humana y de las muchas culpas acumuladas a lo largo de la historia, presentes también en nuestros días. SIGUE

Ante la enfermedad, el dolor y el sufrimiento, los seres humanos podemos buscar la huida o podemos afrontarlos de forma responsable, buscando en ellos un sentido mediante la unión con Cristo. En la persona de Jesús, el dolor y el sufrimiento no han sido eliminados, pero sí han sido transformados. Él, cargándolos sobre sí por amor al Padre y a los hombres, les dio un sentido nuevo. Por su resurrección de entre los muertos, descubrimos que el pecado, el sufrimiento, el dolor y la muerte, ya no tienen la última palabra sobre la persona de Jesús ni sobre la existencia de quienes somos miembros de su Cuerpo. En comunión con Cristo, las experiencias negativas pueden convertirse en positivas.

A partir de la resurrección de Jesucristo, la grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre. Por eso, una sociedad, que no acepta el sufrimiento y la enfermedad de sus miembros, se convierte en inhumana, porque falta el testimonio de fraternidad y porque se ha perdido la capacidad de compartir los sufrimientos de los demás, solidarizándose con ellos.

Como exigencia de la justicia y del amor a los hermanos, hemos de poner todos los medios a nuestro alcance para aliviar sus sufrimientos y para ayudarlos a superar el dolor, pero debemos ser conscientes de que no podremos eliminarlos nunca completamente mediante nuestros esfuerzos, pues no tenemos la capacidad de desterrar el poder del mal en el mundo ni podemos desprendernos de nuestra condición humana y, por tanto, de nuestra limitación.

La Iglesia, contemplando las actitudes de Jesús con quienes se acercaban a Él, además de ofrecer la Buena Noticia de la salvación de Dios a todos los hombres, debe curar también las muchas heridas y dolencias del hombre de hoy. Jesús, no sólo proponía las verdades del Reino, sino que ofrecía la total liberación de sus dolencias y pecados a quienes se acercaban a Él con actitud de fe.

Los cristianos, guiados siempre por la fuerza del Espíritu, tenemos el encargo de Jesús de acompañar a los enfermos y a todos los que sufren para compartir sus dolores, para mostrarles el amor de Dios y para ofrecerles el testimonio de la esperanza cristiana. El Papa Francisco, en el mensaje publicado con ocasión de la Jornada mundial del enfermo, nos recuerda que “cuando nos acercamos con ternura a los que necesitan atención, les llevamos la esperanza y la sonrisa de Dios”.

Para crecer en la ternura y en el amor a los demás, especialmente a los enfermos, los cristianos podemos dirigir nuestra mirada a la Santísima Virgen. Ella es Madre y modelo para los sanos, los enfermos y para todos los que sufren. Del mismo modo que permaneció junto a la cruz de su Hijo, hoy nos acompaña a cada uno para ayudarnos a llevar nuestras cruces y sufrimientos en comunión con Cristo. Que Ella sostenga con su protección maternal especialmente a los enfermos, a sus familiares y a cuantos se esfuerzan cada día por devolver la salud física y espiritual a los necesitados.

Con mi sincero afecto, feliz día del Señor.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara

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