Miércoles 22 de octubre de 2014
Esta semana otro nuevo título de El Escondite de Natalia : Limbo de placer
Limbo de placer
Sorbía sonoramente el último trago de whisky, y cerrando los ojos, se dejó mecer por las olas que dulces pero insistentes, acariciaban su lujoso barco.
El viento golpeaba incansablemente su cara, mojándola de lágrimas y de mar.
Podía oír risas frívolas y escandalosas en la proa, ocultando el relajante y acunante sonido del agua.
Molesto, se tapó los oídos para que desaparecieran.
Rodeado de gente, sin embargo se sentía solo como siempre.
Desde que ella se marchó, intentaba llenar el vacío que deja el amor cuando se escapa con sexo engañoso, y en algunas ocasiones, pagado.
En su interior, sabía que en cada puta que se follaba, intentaba encontrar su cara, borrada ya casi de su memoria, después de tanto tiempo.
Sabía que en cada corazón que rompía, intentaba encontrar su alma, inalcanzable para él, que carecía de ella.
Miró al horizonte, antes de un azul intenso pero ahora de un negro oscuro y opaco, y despierto soñó con Adriana, preguntándose una vez más donde estaría, gritando su nombre en silencio, maldiciéndola porque se marchó para no volver.
Revivió el momento en que ella se fue.
Vivió de nuevo como lo miró con los ojos llenos de dolor por la traición, con una mirada dura y fría pero ausente, presagiando ya entonces la distancia y la lejanía que después existiría entre los dos.
Cerró otra vez los ojos para volver a verla sentada encima de su polla, erecta como siempre cuando estaba con ella.
La podía ver de nuevo dándole la espalda, mientras cabalgaba enajenada hasta que conseguía llegar a un orgasmo, que siempre le contagiaba.
Sumisa como ninguna en el amor, la recordaba pasándole la lengua por los pies cuando acababan de amarse, y limpiando los restos de pasión de su polla con la boca, para después relamerse sin ningún pudor.
La recordó metiéndose el dedo en la vagina, después de una noche de amor, para después olerlo y chuparlo, como si fuera una fruta dulce y prohibida.
La recordó amándose sola en la ducha, mientras el agua, siempre demasiado caliente, dibujaba estrellas en su piel dorada.
Ebrio por los recuerdos y la pena, arrojó el vaso por la borda intentando así expulsar su ira por la vida y por él mismo, sin conseguirlo, intentando en realidad lanzarla a ella al vacío del olvido, sin lograrlo.
Como todas las tardes cuando caía el sol, cogió el teléfono para marcar su número, sabiendo que nadie respondería.
Como todas las tardes cuando la luz decaía, se abrazó solo, rodeándose con los brazos doloridos por el vacío de no poder tenerla.
Una vez más borracho, bajó tambaleándose al camarote donde dormía sin descansar, donde follaba sin amar, donde vivía queriendo en realidad morir.
Otra noche más bajó al cuarto situado por encima del bien y del mal, protegido de la tristeza, pero también alejado de la felicidad, y pensando en ella, se masturbó llorando, hasta que pudo tocar un cielo engañoso y perecedero, sabiendo que lo único que alcanzaba era un limbo momentáneo de placer, que le alejaba solamente por un momento del infierno que era vivir sin ella.
El Escondite de Natalia