8 de agosto de 2020, 3:03:58
OPINIÓN


La última falta de educación en la mesa

Por Lord Charles Albert


Hace unos días me llamó un amigo que es el dircom de un afamado y prestigioso bufete de abogados de Madrid.

El motivo de la llamada telefónica no era otro que el que le diera mi punto de vista sobre una operación triangular de comercio exterior de un cliente del despacho con Singapur.

Sabedor de mi afición a los buenos restaurantes, me encargó reservar mesa para tres, para tratar el asunto. Como acababan de fallarse las estrellas Michelín, y yo no iba a hacerme cargo de la factura (la pagaría mi amigo en primera instancia, y luego el despacho ya se la endosaría con los correspondientes emolumentos al cliente en cuestión) opté por un dos estrellas…por el Santceloni.

Una vez hechas las salutaciones de rigor, me dejan que yo elija. No tengo dudas. Elijo el Gran Menú Gatronómico con un 890 de principio a fin.

Catorces platos, a cuál el mejor. Insuperable el ravioli con ricota ahumada con caviar y anchoa, aunque me quedo con la papada con caviar (esto si es un mar y tierra, y lo demás… tontería). Me sorprende gratamente el pollo de corral con agridulce y pisto en una base de corteza de trigo, aunque disfruto sobremanera con los lomos de salmonete con huevos estrellados y migas.

Normalmente, en este tipos de comidas, en los entrantes, cual pavo real, cada uno muestra y exhibe sus poderes: quién soy yo, qué hago, cuánto gano y cuánto valgo… Con los primeros efectos del vino, surgen lugares comunes de conversación, como la crítica al Gobierno, la crisis de los socialistas, la última de Carmena o los líos de los de Podemos… Entre los postres y los cafés se aborda ya el negocio por el que se ha venido a tratar.

Pues bien, el cliente en cuestión, situado enfrente de mí, estuvo durante toda la comida mirando al reloj. Tal fue el número de veces que miró el reloj durante la comida, que antes de empezar a exponerle mi punto de vista sobre la operación triangular, le pregunté si tenía prisa o llegaba tarde algún sitio… Enseguida todo se aclaró. Con motivo del Black Friday su hijo le había regalado un smartwatch (un reloj inteligente), que por lo que contó es como tener un ordenador, un teléfono, un acelerómetro, un giroscopio, una brújula, un pulsómetro, un barómetro, un altímetro, un geomagnetómetro, un geolocalizador (GPS), un altavoz y un micrófono, todo eso… en un reloj que puede realizar y recibir llamadas telefónicas, enviar y recibir emails y SMS, recibir notificaciones del smartphone (Whatsapp) e incluso consultar las redes sociales (Twitter, Facebook, etc)… en fin, lo que se dice un super reloj…

Mientras me iba explicando y detallando las funcionalidades del dichoso reloj, noté que se iba entusiasmando y que le brillaban los ojos… estaba pletórico con ese reloj. Durante la selecta y exquisita comida, no dejó de mirar su reloj, cogiendo la copa de vino por el cáliz en vez de por el fuste, alterando continuamente la temperatura del 890…

En poco más de cinco minutos le expuse cómo veía la operación triangular con Singapur, incorporando -intencionadamente- dos o tres puntos débiles a tener en cuenta, y que de torcerse la cosa, el riesgo podía ser más que considerable…

Después de darme las gracias y una tarjeta de visita, el cliente maleducado y mi amigo se fueron. Yo pasé al Cigar Club del restaurante. Mientras me fumaba un Behike 56 contemplaba con cariño y admiración el reloj Omega de oro de mi padre que me regaló cuando cumplí 18 años… sí señor, todo un reloj.
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