5 de agosto de 2020, 18:45:15
OPINIÓN


Carta semanal del obispo: “Vivamos el Adviento mirando a María”



Cada año, durante el tempo del Adviento, la Iglesia nos invita a poner nuestra mirada en la Santísima Virgen, la mujer llena de gracia, la bendita entre las mujeres, la obra maestra del amor de Dios. Con su asentimiento a las palabras del ángel, colabora con todo su ser a la mayor manifestación de ese amor. Por medio de María, Dios nos va a regalar a su propio Hijo para que experimentemos su salvación y para que no tengamos miedo a abrirnos a su amor incondicional.

Contemplando a María, los cristianos hemos de superar los temores que pueden afectarnos al contemplar las dificultades para vivir la fe o para ofrecer a los hermanos la alegría de la salvación de Dios. Aunque, como señala el Evangelio, la Santísima Virgen experimenta la turbación ante las palabras del ángel, que le propone ser la Madre del Salvador, pronto recupera la paz interior y la serenidad pues descubre que ha sido agraciada por Dios para llevar a cabo una misión extraordinaria. Es más, asume que Dios, mediante la acción del Espíritu Santo, la acompañará constantemente en el hacerse hombre el Hijo de Dios en su seno virginal.

De este modo, por su asentimiento a los planes de Dios, María se convierte en la mujer más libre de la tierra y en la Madre del Hijo de Dios. Su libertad no se fundamenta en la huida de Dios ni en la renuncia a la responsabilidad que se le propone, sino en la fidelidad a la Palabra. Con su “SÍ” incondicional a Dios, María nos enseña a acoger la Palabra con un corazón generoso y a responder a la misma con prontitud y libertad de espíritu, en vez de seguir los dictados de nuestros gustos y caprichos personales.

Por esta fidelidad a la Palabra de Dios y por su docilidad a la acción del Espíritu Santo, María se convierte también en modelo de santidad para la Iglesia peregrina y, por tanto, en modelo para cada uno de los cristianos. Elegidos por Dios, desde toda la eternidad, para ser santos e irreprochables ante Él por el amor, en el bautismo somos ungidos por el Espíritu Santo e injertados en la vida divina para vivir en la libertad de los hijos de Dios, haciendo frente al pecado que nos esclaviza y nos aparta de su amor.

Por esto, el cristiano no puede conformarse con una vida mediocre, sino que ha de aspirar constantemente a la santidad y a la perfección en el amor. Esta santidad, que Dios nos concede por pura gracia, nos obliga a dejarle nacer cada día en nuestro corazón para que sea el Señor de nuestra existencia y nos impulsa también a salir al encuentro de nuestros hermanos, especialmente de los más pobres y necesitados.

Para vivir con decisión esta vocación, necesitamos practicar, como María, la virtud de la humildad para combatir en nosotros la tendencia a afirmarnos sobre los demás o a creernos superiores a ellos. Dios mira y se complace en el humilde. Pero, además, para profundizar en el sentido de nuestra vocación de hijos de Dios y para vivir con gozo la misión evangelizadora de la Iglesia, necesitamos también hacer silencio interior y exterior. Ante las huidas de la voluntad de Dios, ante los cansancios y faltas de esperanza, el Señor nos pregunta cada día, como hizo con Adán: ¿Dónde estás?

María, con su testimonio personal, nos muestra el camino que hemos de recorrer y nos acompaña con su poderosa intercesión para que lleguemos a la Navidad con un corazón dócil a la Palabra de Dios, viviendo la revolución de la ternura y del cariño, y asumiendo con gozo el encargo de ofrecer a todos los hombres la alegría del Evangelio.

Con mi sincero afecto, que María nos proteja y acompañe siempre.

Atilano Rodríguez, obispo de Sigüenza-Guadalajara
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